Política de cookies

Le informamos que utilizamos cookies propias y de terceros para ofrecerle un mejor servicio, de acuerdo con sus hábitos de navegación. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso. Puede consultar nuestra Política de Cookies aquí.

ACEPTAR
Americas Europe Asia and the Pacific Middle East and North Africa Africa Mapa del mundo

Diario de viaje a Irak Imprimir

Diario de viaje a Irak


Khaled Hosseini – Misión en Irak- Marzo 2014
Transcripciones de un diario grabado en video


Domingo 23 marzo – día uno:

Dicen que es un cliché que una imagen vale más que mil palabras, y como siempre, hay algo de verdad en los clichés porque, en cierto modo, he vuelto a aprenderlo hoy otra vez. He estado siguiendo las noticias de la guerra siria durante los últimos tres años, todo lo que ha estado sucediendo, en los periódicos y en la televisión, pero no ha sido hasta hoy, que he tenido la oportunidad de ir al campo de refugiados de Kawergosk, cuando he podido de darle alguna manera, una dimensión humana a lo que en realidad era un conocimiento académico. Siento que sólo después de conocer a la gente que he conocido hoy, puedo empezar a entender realmente el espantoso y terrible legado de esta guerra, una guerra que nadie está ganando y en la que todos están perdiendo.

Recuerdo haber leído en alguna parte que en la guerra no hay victorias, sólo diferentes grados de pérdida, y hoy he tenido la oportunidad de conocer a algunas personas que han perdido mucho. En el campamento de refugiados de Kawergosk tuve la oportunidad de conocer a personas cuyas vidas han cambiado por completo, gente que ha visto sus comunidades bombardeadas y reducidas a escombros, personas cuyos sueños han sido pisoteados. He conocido a niños que han visto cosas que ningún niño debería presenciar nunca, he visto a niños cuya infancia ha sido interrumpida, se la han robado, niños que no pueden ir más a la escuela, y he conocido a personas que están en una especia de estado de suspensión, dirigiéndose hacia un futuro que se prevé muy incierto y turbio.

Una chica joven que conocí, llamada Payman, tiene 16 años y vive con su familia en el campamento. Se echó a llorar literalmente, con sinceridad, cuando saqué el tema de conversación y me pilló por sorpresa; no creo que estuviese preparado para ello. Supongo que no entendía lo mucho que significaba para ella personalmente, recibir educación, mejorar, aprender. Ella era escritora, es escritora, y en Siria quiso dedicarse a la escritura pero por culpa de la guerra, debido al riesgo de violencia, su familia se trasladó el agosto pasado a la región del Kurdistán y ahora ya no puede asistir más a la escuela. Esto supone un duro golpe a sus sueños y esperanzas, porque está claro que es una chica muy elocuente, reflexiva, madura e inteligente y le ha sido muy difícil aceptar que le hayan arrebatado sus sueños de educación. Cuando saqué el tema de la escuela y la educación, simplemente empezó a llorar y como ya he dicho, me pilló por sorpresa. Ella sigue escribiendo y uno de los clichés –un buen cliché– sobre los refugiados, es que son personas con recursos y que no son diferentes a cualquier otra persona y hoy he aprendido una lección sobre eso. ¡Payman era tan reflexiva! Me leyó un ensayo que había escrito sobre la importancia de los derechos de la mujer y también me leyó un pequeño fragmento sobre mitología que le había dejado su padre. Así que tuve la oportunidad de conectar con ella a un nivel humano e intercambiar ideas sobre Literatura, lo que significa para mi escribir y lo que significa para ella, y fue tan extraño volar desde Estados Unidos, aterrizar en una tienda de un campamento de refugiados sirios y conectar a ese nivel con una chica de 16 años cuyo idioma ni siquiera hablo. Pero, para mí, ella es algo así como una de las imágenes del daño y la pérdida casi incalculable que ha causado esta guerra a la gente de Siria.

Conocí a otra chica joven que se llamaba Naleen, que es una criatura realmente fuerte y también me cogió por sorpresa debido a su nivel de autoestima y desparpajo; es peluquera en el campamento de refugiados. Lo que realmente me conmovió de ella es lo mucho que se enorgullece de ser una profesional y que incluso en este campo de refugiados -que está hecho de tiendas de campaña, caminos sin pavimentar, piedras y barro-, y viviendo en condiciones tan severas, ella se siente orgullosa de lo que hace; siente orgullo profesional de presentarse ante sus clientes y hacer un buen trabajo. Había algo muy digno en ella que realmente me asombró.

Para mí, la visita de hoy ha sido muy reveladora al haberme permitido vislumbrar, tener una visión humana del impacto de esta guerra en las personas sirias de a pie. También sentí, al reunirme por ejemplo con el alcalde de Khobat, la zona donde se encuentra el campamento de refugiados, y al conocer a otras personas del lugar, un sentimiento de gratitud hacia ellos. Porque tener un gran número de personas que llegan en masa desde el otro lado de la frontera a esta región conlleva sus propios problemas; obviamente es una enorme responsabilidad. Sólo las ganas, el entusiasmo y la compasión que la gente del lugar, representada por el alcalde, ha dedicado en la creación de este campamento, al dar la bienvenida a esta gente, asegurándose de que los refugiados sirios tuviesen agua, comida y refugio, realmente me ha llegado a un nivel humano y pienso que es un pequeño ejemplo de cuán agradecidos debemos estar, como comunidad internacional, a estas comunidades que acogen refugiados.

A menudo se trata de comunidades que tienen problemas económicos y cargas en su propia infraestructura, en sus propios servicios sociales, y sin embargo se las arreglan para encontrar lugar y espacio para la compasión por estos refugiados y hacer todo lo posible para darles la bienvenida en sus comunidades. Y para mí parece que pone de relieve otra cuestión en la que, ya sabes, cuando estaba escuchando al alcalde estaba pensando que esto no debería ser sólo su problema. Sólo la sensación de carga que debe haber soportado cuando estos refugiados llegaron, ya sabes, reforzó en mí la idea de que éste no es sólo un problema de las comunidades locales de acogida sino que nosotros, como comunidad internacional, en especial en occidente, donde hemos sido bendecidos con riquezas y recursos, tenemos que hacer lo que podamos para ayudar a las comunidades de acogida como la región del Kurdistán, que ha tenido una afluencia masiva de refugiados, hacer lo que podamos para apoyarles, en materia de desarrollo, en cuanto a permitirles integrar mejor a todos los refugiados que están llegando. Así que creo que, como comunidad internacional, deberíamos y podríamos hacer más. Pero estoy esperando ansiosamente el resto de la misión y estoy deseando visitar el próximo campamento mañana. Estoy bastante seguro de que esta experiencia que he tenido hoy no la olvidaré pronto.

Otra cosa que me llamó la atención, y en la que estaba pensando mientras estaba sentado en esta colina desde la que se ve el campamento, es que en un momento como este, que es un gran ejemplo de tragedia humana, también hay algo muy hermoso en él. Todas estas familias cocinando, la música sonando por todas partes, los jóvenes sentados en la colina y los niños jugando … En ese momento pensé que me recordaba a Afganistán, a la gente de mi propio país. Mis circunstancias fueron muy diferentes –yo legué a Estados Unidos buscando asilo desde Europa- y cuando empezó la guerra yo ya estaba en Francia. Pero todavía recuerdo lo importante que era ese lugar para mis padres –la profunda conexión que tenían con Afganistán- y el duro golpe que supuso a su imagen, su identidad, cuando se dieron cuenta que habían perdido Afganistán y de que no podrían volver a casa. Así pues, de algún modo, aunque la situación siria es diferente, aún así, a cierto nivel pude conectar con esta gente que ha perdido su comunidad y cuyas vidas han sido destrozadas. Otra similitud que he encontrado hoy hablando con los refugiados es ese profundo deseo de volver a casa. La chica joven que era peluquera, Naleen, le pregunté si quería volver a Siria y me contestó que estaba segura de que volvería, tanto si el país logra la paz que busca como si no, ella estaba convencida de que regresaría. Por la mañana temprano, conocí a otro hombre con su familia y le hice la misma pregunta y su respuesta fue que, aunque económicamente las cosas están mejor en la región de Kurdistán, aún así yo volverá: allí es donde está su hogar. Conecté ese comentario con las mismas palabras exactas que había escuchado decir a colegas afganos que habían regresado de Irán y Pakistán después de muchos años. A pesar de que tenían una vida relativamente confortable en esos países, volvieron a Afganistán tan pronto como los talibanes cayeron, debido a este profundo sentimiento de volver a casa, de regresar al lugar donde has nacido y a donde sientes que perteneces. Eso fue otro paralelismo que he podido apreciar al hablar con los sirios hoy.


Lunes 24 de marzo – día 2

Hoy he tenido la oportunidad de ir a un campamento de refugiados llamado Darashakran, que está a unos 45 minutos de Erbil. He estado en un montón de campos de refugiados y creo que este es uno de los más impresionantes. Sin duda es uno de los campamentos mejor organizados e integrados que he visto nunca. He tenido la oportunidad de recorrer el campo con uno de los gerentes de sección, Makmanan Ali, que fue muy amable y me enseñó todo el campamento. Visité una escuela donde hay más de 1.500 niños inscritos. Prácticamente todos los niños del campamento en edad de ir a primaria están inscritos y los maestros que les enseñan son también del campamento. Unos 50 profesores que están siendo pagados por el gobierno para que enseñen a los niños. Así que fue realmente genial ver que los niños están teniendo la posibilidad de continuar su educación. Pero, al igual que en Kawergosk, el tema de la educación secundaria está aún pendiente, ya que había muchos chicos y chicas en edad de ir a secundaria que estaban fuera de la escuela.

Caminando por el campamento, pude ver un amplio espectro de personas muy activas, con muchos recursos. Han abierto tiendas, supermercados, peluquerías, una mujer lleva un salón de belleza, había un panadero y personas que están empezando a levantar sus negocios. Pero también hay mucha gente que están viviendo en esa especie de existencia suspendida, que no tienen trabajo y que están como viviendo el día a día, levantándose por la mañana y comiendo y luego simplemente pasando el resto del día en un estado pasivo. Una de las ideas que me chocó es lo que supone la propia noción de ayuda y pienso que es importante y necesario que a la gente se le den mantas, pan y agua, pero creo que, especialmente porque la situación se hace cada vez más prolongada, la ayuda debe consistir en darle a la gente trabajo y dignidad y en permitir a las personas tener una oportunidad de mantenerse con medios de vida y la importancia de invertir en estas cosas. Porque algo que se mencionaba una y otra vez cuando hablé con la gente era el trabajo y el empleo; la gente quiere mantener a sus familias.

Estas personas no estaban simplemente paseando por Siria, eran personas orgullosas, personas con profesiones, con trabajo, que alimentaban a sus familias … personas acostumbradas a ganarse el pan. Conocí a unos cuantos padres de familia, hombres frustrados por el hecho de no poder hacer eso nunca más, buscando trabajo. Ese es uno de los temas que ha salido muchas veces.

También tuve la oportunidad de reunirme con un padre de cuatro niños cuyo hijo, Alan, es uno de los mejores estudiantes de la escuela. De alguna manera me explicó, poniendo un rostro muy humano a lo que la gente se enfrenta en Siria, no sólo en términos de la cuestión evidente de seguridad y violencia y la amenaza de las bombas cayendo en tu pueblo, sino también en cuanto a cómo la guerra afecta a tu vida. Me explicó que había perdido su puesto de trabajo y que el precio de los alimentos subió tanto y de manera tan salvaje que se hizo casi imposible comprar una bolsa de patatas. Comprar un pollo costaba 1.500 liras sirias, algo casi inaccesible para él. Me dijo que llegaron a un punto en el que tenían que decidir quién iba a comer durante el día y cuántas veces al día podían permitirse el lujo de comer, incluso comida muy sencilla. Muchas veces él y su mujer renunciaban a una de las dos comidas para que sus cuatro hijos pudiesen comer. Él no tenía trabajo, les cortaron la luz, el agua, la calefacción. Cuando pensamos en guerra pensamos en violencia y bombas pero existen también todas estas otras consecuencias cuando un país está en conflicto y hay muchas maneras diferentes en las que las vidas de las personas se ven afectadas de forma muy seria. Para esta familia en particular, finalmente llegó un punto en el que la vida en el pueblo ya no era posible y tuvieron que tomar una decisión muy dolorosa: coger sus cosas y abandonar Siria, dejando atrás a una madre anciana y teniendo a dos hermanos en Damasco. Así que no fue una decisión sencilla. Pero al final, por el bien de los niños cruzaron la frontera y llegaron a la región del Kurdistán. Una vez más me impactó lo que dijo porque recordé algo que había oído muchas veces mientras caminaba por el campamento y hablaba con los refugiados, y es lo trascendental que es para ellos la educación y la cantidad de padres que cuando se les pregunta qué es lo más importante para ellos siempre mencionan en primer lugar la educación de sus hijos. Este hombre no fue una excepción. Estaba extremadamente orgulloso de su hijo, que estaba progresando en la escuela del campamento de refugiados y trajo y me enseñó todos sus cuadernos y sus expedientes académicos de cuando estaba en Siria y era un estudiante modelo mientras sonreía con orgullo.

Una de las cosas que aprendí al hablar con la gente del campamento es que una de las cosas más difíciles de ser un refugiado es que tu vida vuelve a empezar desde cero, de modo que todo lo que habías conseguido, para lo que habías estado trabajando toda tu vida, es borrado del tablero y tienes que empezar de nuevo. Y es muy difícil reiniciar tu vida cuando estás en los cuarenta, tienes varios hijos y tienes que encontrar trabajo. Tienes que encontrar una forma no sólo de encontrar trabajo, sino de encontrar un sentimiento de dignidad, una sensación de pertenencia, un propósito. Creo que éste es el impacto psicológico de sentirse impotente, de sentir que no eres útil para la sociedad, que eres una carga para los demás, no eres una persona que puede valerse por si misma y mantener a su propia familia.

Creo que para muchos de los hombres, e incluso para algunas mujeres que he conocido, es extremadamente difícil. En algunas de las familias los roles estaban cambiados. Por ejemplo, conocí a una mujer joven que en esencia se convirtió en la sustentadora de la familia porque su marido estaba herido y no podía trabajar, así que la joven esposa, que sólo tenía 21 años, mantiene a toda la familia llevando un salón de belleza.

Pero pienso que también que una de las cosas que me han llamado la atención allí a donde he ido, sin importar la nacionalidad, pero que se ha visto reforzada cuando he visitado Kawergosk y Darashakran, es lo resistente que son las personas, lo ingeniosas que son, cómo encuentran la manera de ganarse la vida aparentemente de la nada, cómo cogen condiciones y situaciones sumamente severas y las convierten en formas de subsistencia, encuentran propósitos de vida renovados, una dirección de vida nueva y yo mientras me voy alejando de eso. Miro este campamento lleno de tiendas de campaña, veo a esta gente y simplemente me lleno de increíble admiración por su coraje, por su resistencia, por su tremenda fuerza de voluntad de seguir adelante y de no rendirse.

Me sentí atraído por todo el tema de los refugiados y de colaborar con ACNUR porque soy afgano. Hay que decir que soy uno de los afganos más afortunados del planeta. He observado lo que sucedía en Afganistán desde lejos y he visto a millones de mis compatriotas que huyeron de la guerra en la década de 1980 y que vivieron como refugiados en campamentos en Pakistán e Irán. Aunque mis circunstancias fueron muy difíciles, incluso el realojo de mi familia en Estados Unidos, creo que mis padres especialmente tuvieron un sentimiento de pérdida tremendo. Para entonces ya eran de mediana edad. Tuvieron que reiniciar sus vidas otra vez.

Por eso, ese aspecto de la vida de los refugiados, el sentimiento de los desplazados, la sensación de pérdida, de una vida destruida, de pérdida de control, el sentimiento de que tu vida se ha vuelto del revés por fuerzas externas, por causas ajenas a ti, la sensación de que estás a merced de otros, el sentimiento de que eres una carga ... Todo eso son ideas que resuenan en mí, con las que siento algún tipo de afinidad y me llevan a ver algo, una parte de mi propio pasado, de la historia de mi propia familia, pero también de la de millones de mis compatriotas afganos. Donde quiera que vaya a campamentos de refugiados, ya sea aquí en Kawergosk, en la región del kurdistán, o al este de Chad, con la gente de Darfur, siempre he encontrado algo en común entre ellos, sin importar cuán diferentes sean nuestros orígenes.

Estaba ahí sentado en la colina mirando el campamento de Kawergosk y era -tengo que decir- una escena muy hermosa, porque estaba como en una especia de mirador, el sol se estaba poniendo, las familias estaban cocinando la cena, sonaba música en cada esquina y para mi fue como estar viendo la vida pasar. Se trataba de la gente continuando con sus vidas, la gente haciendo algo, una forma de vida para ellos; se trataba de la necesidad de felicidad, de compañía, de una comunidad y, mientras observo eso, viendo cómo las personas que están ahí abajo están simplemente siguiendo adelante, pensando de dónde vienen, pensando sobre todo lo que han pasado, y aún así, de alguna manera, aquí, en este trozo de tierra al otro lado de la frontera, han encontrado una forma de retomar un sentimiento de comunidad y un sentimiento de unión y compañerismo, es muy conmovedor para mí, muy emocionante y sé que este campamento no existiría si no fuera por esta terrible tragedia y. a pesar de esa tragedia. seguía existiendo esa inesperada sensación de belleza y me pareció muy conmovedor.


Lunes 25 de marzo – día 3

Hoy he conocido un poco más de cerca el rostro humano de la guerra siria. He estado siguiendo la guerra en las noticias, en los periódicos. Oyes sobre los bombardeos en Alepo o en cualquier otro lugar y es una historia en los periódicos. Pero francamente, hoy esa historia se ha hecho mucho más humana para mí después de conocer a una familia de refugiados en Irbil. El padre tenía 36 años, estaba casado, tenía cuatro hijos, incluida una hija de 18 años ya casada y tres niños más pequeños. Trabajaba en una tienda de zapatos en Alepo ganando un sueldo razonable, sus hijos iban a la escuela y entonces empezó la guerra. La situación se volvió cada vez más difícil para la familia, perdió su trabajo, el precio de la comida se puso por las nubes, no había electricidad, era difícil conseguir agua potable, el colegio de sus hijos había sido destruido así que su educación se vio interrumpida y todo Alepo estaba siendo bombardeado. Intentaron aguantar y permanecer en Alepo porque es su hogar pero finalmente una bomba cayó en su edificio. Ellos vivían en la planta baja y la bomba estalló en la quinta planta, que era el último piso. Esto me resultó muy inquietante y lo que me estremeció y no me pude quitar de la cabeza en todo el día -y de alguna manera echó a perder todo mi día- fue el hecho de que sus tres hijos, el menor de los cuales tenía seis años, vieron las consecuencias de este terrible bombardeo. Había trozos de cuerpos por todas partes, sangre, partes del cuerpo humano, brazos, piernas, cabezas, simplemente una increíble masacre, y sus hijos lo vieron con sus propios ojos, y algunas de las víctimas también eran niños. No puedo ni imaginar lo horrible que tiene que ser, esas son la clase de cosas de las que no quiero que mis propios hijos, que están en California, ni siquiera oigan hablar y mucho menos que las vean. Y ahí estaba este padre, cuyos hijos habían visto esto, y no solo eso, sino que ellos mismos estaban en riesgo de sufrir el mismo final, así que su familia decidió que se marcharían. Fueron en coche y huyeron a través de la frontera con Turquía y desde allí entraron en la región de Kurdistán, donde la familia encontró el camino hacia Irbil, donde él tenía un hermano que trabaja en un hotel local. La familia del hermano y esta familia van a vivir ahora juntos en una pequeña casa. Para mí, escuchar esta historia ha añadido un carácter completamente humano a lo que sería una simple noticia. Creo que siempre voy a recordar los rostros de sus hijos y la mirada atormentada en los ojos de este hombre desdichado.

Otra cosa sobre la que he aprendido hoy es sobre los refugiados urbanos. Son refugiados sirios que cruzan la frontera y que acaban viviendo en distintas ciudades. En este caso, Irbil, donde hay 85.000 refugiados sirios. De hecho, la mayoría de los refugiados sirios son urbanos, creo que el 60% de los refugiados sirios viven en ciudades y el 40% aproximadamente en campamentos. Pero creo que de alguna manera, las condiciones son incluso más difíciles para los refugiados que viven en las ciudades. En los campamentos hay distribución de alimentos, de combustible y de artículos no alimentarios como mantas, colchones y carretillas. Allí hay una comunidad de refugiados sirios, por lo que hay una cierta sensación de seguridad. Y además dan estos materiales. Pero en la ciudad es un poco más complicado porque -en especial para aquellos que tienen tarjetas de residencia que ya se dejaron de dar en 2012-, encontrar trabajo puede ser muy muy difícil para una familia de refugiados sirios. A menudo terminan realizando tareas y trabajos manuales y es así incluso para aquellos refugiados que tienen estudios y que eran profesionales en su país: maestros, médicos, abogados, ingenieros. Acaban teniendo que trabajar en restaurantes o en centros comerciales por 300 o 400 dólares al mes, lo cual apenas alcanza para pagar el alquiler de un apartamento normal o una pequeña casa en Irbil, y mucho menos si le sumamos la comida y el resto de gastos de vida. Me he enterado también de que en las ciudades hay una menor tasa de niños refugiados que asistan a la escuela mientras que en los campos, por ejemplo en Darashakran, un porcentaje muy alto de los niños iban a la escuela. Así que vivir en la ciudad conlleva sus propios desafíos. También he aprendido sobre algunos de los programas que ACNUR y otros socios han llevado a cabo no sólo para facilitar la vida de los refugiados sirios en las ciudades, sino también para ayudar a aliviar un poco y asistir a la población local. Estos programas, llamados proyectos de impacto rápido (QUIPS por sus siglas en inglés) ayudan a construir otra ala de una clínica y una sala de ordenadores que beneficie no sólo a los niños refugiados que asisten a la escuela, sino también a los niños iraquíes del lugar. Así que éste es otro aspecto de la vida de los refugiados del que he aprendido hoy y nuevamente ha sido muy educativo e instructivo.