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Noticias Notas de Prensa Yida: La vida en la frontera de Sudán del Sur

Yida: La vida en la frontera de Sudán del Sur Imprimir

 © ACNUR/V.Tan. Un trabajador de ACNUR lucha por conseguir cobertura en su móvil en la remota zona fronteriza de Yida.
© ACNUR/V.Tan. Un trabajador de ACNUR lucha por conseguir cobertura en su móvil en la remota zona fronteriza de Yida.
YIDA, Sudán del Sur, 4 de Julio (ACNUR/UNHCR) – Vivian Tan ha finalizado recientemente su temporada como oficial de Información Pública de ACNUR en África Occidental. Ubicada en Nairobi, Tan ha coordinado la cobertura mediática en la zona, incluyendo la de la situación de casi medio millón de refugiados somalíes en Dadaab, el mayor complejo de campos de refugiados del mundo, así como la crisis de desplazamiento que se está produciendo ahora en Sudán.

Recientemente ha pasado varios días en una zona remota de Sudán del Sur denominada Yida, donde ha podido ver las duras condiciones de vida de decenas de miles de refugiados y de aquellos que los están ayudando. Vivian, que pronto pondrá rumbo a Tailandia para convertirse en la responsable regional de Información Pública para el este asiático, ha escrito sobre éstas y otras experiencias.

Diario de Vivian en Yida:

Se dan muchas cosas por sentado cuando vives en una ciudad como Nairobi. La electricidad, por ejemplo, las verduras, el agua potable, el papel higiénico o los retretes con cisterna.

Cerca de la frontera de Sudán y Sudán del Sur, en un punto remoto llamado Yida, donde a finales de junio ya vivían cerca de 60.000 refugiados sudaneses, no hay nada de eso. Ni para los refugiados ni para los trabajadores de ACNUR con los que he estado viviendo cuatro días.

Hemos venido de visita desde Juba y hemos traído algunas cajas de frutas y verduras para complementar la dieta a base de arroz y legumbres en el complejo de ACNUR. Nunca había visto unas caras quemadas por el sol iluminarse tan rápidamente. Tenemos tomates y patatas, comentan y sonríen en la comida. Alguien saca unos plátanos. Un grupo se abalanza y cada uno coge un plátano y se retira a un rincón, mirándose unos a otros con recelo. Un chico se apresura a su tienda para esconder su plátano. Me siento como si estuviera viendo un documental de vida salvaje.

La novedad continúa en la cena, cuando los compañeros de otras agencias vienen para comprobar si son ciertos los rumores de que hay verduras en Yida. Caminan por la zona con lámparas frontales para hacer un examen más detenido. Nuestro complejo está iluminado por una única bombilla. Una vez que el generador chisporrotea, todo el mundo se acerca a la bombilla como polillas, abalanzándose sobre la barra de la batería para recargar sus aparatos electrónicos.

En la oscuridad se oye un pisotón ocasional y triunfante. “¡Ah!” Escorpiones. Trago saliva. Compruebo mis e-mails sentada pero con los pies en alto para no tocar el suelo mientras mis compañeros proponen ideas para proyectos de refugiados como la creación de huertos de verduras y macetas para moler maíz. Si lograran canalizar su energía y entusiasmo, podrían iluminar el campo entero.

La conexión a internet. Bueno, ése es otro gran problema. Encuentro a un compañero subido al techo de un coche con el teléfono pegado al oído. Otro camina alrededor del complejo con su móvil atado a un palo mientras otro está subido a la rama de un árbol. Todos están buscando cobertura para decirle a sus seres queridos que están bien, a pesar de que están durmiendo en un lugar que fue bombardeado el pasado noviembre.

La vanidad se queda atrás en un lugar como Yida. No me he mirado en un espejo en días. Una mañana me crucé con un compañero que tenía pasta de dientes alrededor de la boca. Paso la lengua por mis labios y me doy cuenta de que he estado caminando con un bigote de café instantáneo. ¿Será que sigo dormida? Me calzo la gorra de ACNUR hasta la próxima ducha. Hay gente a la que no reconocería sin sus gorras.

La modestia es cosa del pasado cuando tienes que hacer tus necesidades en un agujero en el suelo que está lleno de moscas o cuando una ducha significa coger agua fría de un cubo y echártela sobre la cabeza, lo cual no tiene mucho sentido cuando después de cinco minutos vuelves a estar sudando.

Algunos han dejado completamente de lado las formalidades, ganándose apodos como “Fred el Sucio”.
Sólo un hombre, nuestro oficial de seguridad, no se ha dejado llevar. Pone carbón caliente en una vieja plancha y sobre una manta de ACNUR doblada cuidadosamente, plancha su ropa. Quizás no tiene nada que ver con el orgullo. Tal vez está intentando matar las larvas de los gusanos que hay en el agua o de las moscas, que podrían meterse en su piel.

No sé qué me asusta más, si pensar en las larvas deslizándose bajo mi piel o en el riesgo de que las bombas vuelvan a caer sobre Yida. Tengo suerte porque yo puedo salir y entrar y admiro a mis compañeros por su decisión de vivir cerca de una volátil frontera porque los refugiados no se quieren ir más al interior. Admiro también su tolerancia a esta dieta diaria de arroz y judías. Algunos parecen subsistir sólo con cigarrillos y café. Admiro su generosidad con el papel higiénico y el agua embotellada, sólo disponibles a una hora en coche; su estoicismo para hacer frente a la diarrea; su indiferencia hacia las enormes moscas de ojos verdes que revolotean en las letrinas; su audacia para ir con chanclar en terrenos infestados de escorpiones; su capacidad para dormir con la boca cerrada y las rodillas juntas en largas travesías en coche por caminos llenos de baches, y su humor en los tiempos difíciles.

En resumen, el trabajo de ACNUR en terreno en estado puro.


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