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Noticias Notas de Prensa Los refugiados sudaneses se ven obligados a abandonar un campo fronterizo considerado inseguro

Los refugiados sudaneses se ven obligados a abandonar un campo fronterizo considerado inseguro Imprimir

© ACNUR/V.Tan. Más de 20.000 refugiados sudaneses de Kordofan del Sur viven en Yida, un asentamiento temporal en el Estado de Unity, en Sudán del Sur.
© ACNUR/V.Tan. Más de 20.000 refugiados sudaneses de Kordofan del Sur viven en Yida, un asentamiento temporal en el Estado de Unity, en Sudán del Sur.
ESTADO DE UNITY, Sudán del Sur, 30 de diciembre (ACNUR/UNHCR) – Zahara* podía escuchar el sonido de las bombas que caían desde el cielo sobre su aldea en Kordofan del Sur. Nada más oír las explosiones, la joven de 20 años cogió a sus dos hijos y salió corriendo. Huyó de su hogar en Lehemid, en las montañas Nuba, y se dirigió a la ciudad más próxima.

Cuando llegaron a la ciudad de Al Reika, todavía se oían a lo lejos las explosiones. Así que volvieron a huir, desde Al Reika hasta Tamanya. Cuando los bombardeos llegaron a Tamanya, huyeron de nuevo hacia el pueblo de Angola y finalmente cruzaron la frontera de Sudán del Sur para llegar hasta Yida. Allí se encontraron con otros miles de refugiados que estaban viviendo en cabañas entre los árboles. “No teníamos nada” dice Zahara. “Corríamos, nos caíamos, nos levantábamos y volvíamos a correr”.

Pensaron que estaban a salvo pero entonces, el 10 de noviembre, un bombardero Antonov sobrevoló tres veces el campo de Yida antes de dejar caer su cargamento. La gente huyó en todas las direcciones. Dos de las bombas alcanzaron la pista próxima al perímetro del campo. Otras dos cayeron más lejos. Pero una de ellas lo hizo en medio de una escuela provisional. Los niños habían sido evacuados, pero Zahara recuerda el terror que todos compartieron aquel día. “La gente corrió hacia el mercado y el bosque” dice. “Algunos nos quedamos entre la maleza durante horas”. De hecho, unos 600 alumnos y estudiantes salieron corriendo durante el bombardeo y varios siguen desaparecidos.

Cuando piensa en aquellos momentos, Zahara siente cómo el miedo se apodera de ella. Había más miedo que comida que echarse a la boca, y ella estaba preocupada por la suerte de sus hijos y de ella misma. Hace unos días, aprovechando un camión que pasaba por allí, dejó el campamento de Yida junto a sus hijos y se fue hacia el sur, hacia el centro de tránsito de ACNUR en Pariang. “Claro que nos sentimos más seguros aquí” dice. “Si nos hubiéramos sentido seguros en Yida no hubiéramos venido hasta aquí”.

ACNUR y sus socios no han parado de expresar sus temores por el destino de los más de 20.000 refugiados que están residiendo actualmente en el asentamiento de Yida. La mayor preocupación es la proximidad de los combates militares que azotan la frontera, aumentando la inseguridad y poniendo en peligro las vidas de civiles inocentes. Aunque ACNUR sigue ofreciendo asistencia de emergencia en Yida, ha pedido a los refugiados que se trasladen hacia el sur, a varios campos que ya están listos para atenderles.

El mero hecho de llegar a Yida ha demostrado ser todo un reto para ACNUR y otras agencias humanitarias. En un primer momento, no fue posible mandar un vuelo humanitario con alimentos a la zona, sino que se tuvieron que lanzar desde el aire. Durante la temporada de lluvias, la zona quedó empantanada y para llegar a ella los equipos humanitarios tuvieron que desplazarse en helicópteros o en pequeñas avionetas hasta la aldea de Kuinger, situada a unos 50 kilómetros de la frontera de Sudán.

Desde allí, transportaban el material en motocicletas o tractores. Aunque el acceso al campo ha mejorado gracias a la construcción de un aeródromo rudimentario, seguirá siendo difícil llegar hasta estos refugiados durante la época de lluvias, que empieza en abril.

Pero el conflicto transfronterizo sigue siendo la principal preocupación. En medio de un calor sofocante en una choza, la Representante de ACNUR en Sudán del Sur, Mireille Girard, conversa con un grupo de líderes de los refugiados en Yida. Sentados en sillas de plástico y camas de paja, entablan una delicada negociación. Los líderes de los refugiados dicen que prefieren quedarse cerca de su patria, al otro lado de la frontera. Pero Mireille Girard sabe que aunque la comunidad local de Sudán del Sur les está acogiendo, no serán capaces de protegerlos si los combates se extienden al otro lado de la frontera y alcanzan el asentamiento. Ella les recuerda que Yida debería ser una parada temporal para ellos y deben tratar de llegar a los campos que se han habilitado para ellos en zonas más seguras.

“Seguiremos ofreciendo asistencia básica como agua y medicinas” dice. “Pero tememos por su seguridad en las próximas semanas. Por favor, no esperen a que sea demasiado tarde. Debemos actuar ahora para poder organizarnos mejor”.

Poco a poco los refugiados empiezan a alejarse del peligro. En Pariang, en medio del paisaje local han su aparición unas 56 tiendas de campaña que alojarán a más de 150 personas. Un depósito de agua cercano satisface sus necesidades y el socio de ACNUR Intersos se ocupa de la gestión del campo. Hay una sala que puede acomodar hasta a 800 personas, y las tiendas están listas. Los expertos en educación también han llegado ya.

Pronto, un grupo de más de 2.800 estudiantes de un internado serán reubicados en este espacio. Huyeron de los combates en Kordofan del Sur con sus profesores y se instalaron inicialmente en Yida.

Estos campos de reubicación dispondrán de instalaciones educativas, agua, saneamiento y servicios médicos. También encontrarán tierra para cultivar y otras actividades con las que ganarse la vida, de modo que los refugiados sean menos dependientes de la ayuda y puedan llevar una vida normal hasta que llegue el momento en que puedan regresar a casa.

* Nombre cambiado por motivos de protección.

Por Greg Beals, con la ayuda de Vivian Tan en el Estado de Unity, Sudán del Sur.
Greg Beals es un escritor y periodista destinado actualmente por ACNUR en el este de África.


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