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Noticias Notas de Prensa El duro viaje desde Sudán lleva a la seguridad y a la privación

El duro viaje desde Sudán lleva a la seguridad y a la privación Imprimir

© ACNUR/G. Beals. Refugiados sudaneses hacen cola para recibir materiales como mantas, mosquiteras y utensilios para cocinar en el campo de Doro, en Sudán del Sur.
© ACNUR/G. Beals. Refugiados sudaneses hacen cola para recibir materiales como mantas, mosquiteras y utensilios para cocinar en el campo de Doro, en Sudán del Sur.
CAMPO DE DORO, Estado de Alto Nilo, Sudán del Sur, 23 de diciembre (ACNUR/UNHCR) – Esperan cansados y desesperados junto al camino polvoriento para tener una oportunidad de coger aquello que necesitan para sobrevivir. Durante semanas han viajado para llegar hasta aquí, viviendo con el temor constante a la violencia. Llevan niños en sus espaldas y han cargado sus escasas pertenencias sobre sus cabezas o en sus brazos.

Rebecca Barnaba, de 23 años, ha llegado a las 7.30 de la mañana y se ha puesto a la cola con la esperanza de recibir una manta. Al igual que las más de 2000 personas que hay allí, habla con los que están esperando ollas, sartenes, jabón, mosquiteras y otros materiales mientras la fila avanza unos pocos metros. Pese al calor y la masificación, el ambiente es casi festivo. Las mujeres ríen y hablan entre ellas.

Cuando Barnaba por fin llega a la cabecera de la cola, ya empieza a caer la tarde. Ya no quedan ollas, mosquiteras ni jabón. “Hay mantas y necesito mantas” dice. “De noche hace frío y no quiero que mis hijos se pongan enfermos”.

Los refugiados están llegando desde el estado sudanés de Nilo Azul hasta Sudán por tres cruces fronterizos diferentes. La población del campo de Doro es de más de 25.000 personas y más de la mitad de los recién llegados son niños. ACNUR ha registrado a todas las personas que acaban de llegar y ha dado a unos 19.000 refugiados suministros básicos y comida. Es difícil distribuir material de ayuda cuando cientos de refugiados están cruzando a diario hacia el estado de Alto Nilo. “Han dejado todo atrás, están asustados” dice Ahmed Moshen, un oficial de protección de ACNUR de 37 años. “Han caminado durante semanas para llegar aquí”.

Ayer partió hacia la zona un puente aéreo con más suministros de ayuda humanitaria y, durante las próximas semanas, se van a enviar también por avión desde Kenia y Emiratos Árabes Unidos unas 285 toneladas de materiales y miles de tiendas para cubrir a 60.000 personas. Los materiales serán transportados después en camiones hasta los campamentos de refugiados de los estados de Alto Nilo y Unity. ACNUR está trabajando para levantar un segundo campo, llamado Jammam, con capacidad para albergar a los 15.000 refugiados que están actualmente atrapados en la aldea de El Foj, cercana a la frontera con Sudán. La Agencia de la ONU para los Refugiados y sus contrapartes están acelerando los trabajos para instalar las tiendas y tener listas las instalaciones sanitarias, nutricionales y educativas antes de la primavera. Entonces será cuando las lluvias lleguen y el acceso a los campos se dificulte por las inundaciones en los caminos.

La zona, que fue un campo de batalla habitual durante la Guerra civil de Sudán en los 80 y los 90, está  sembrada de minas, lo cual supone un reto más tanto para los trabajadores humanitarios como para los refugiados. Equipos del Centro de Coordinación de Acción contra las Minas y del Norwegian People's Aid siguen limpiando la zona de minas.

El viaje de Rebecca Barnaba hacia el campo de Doro desde su hogar en Chale, en el estado sudanés de Nilo Azul, le llevó 20 días. Los pueblos allí estaban siendo objeto de ataques aéreos frecuentes. Cuando Barnaba oyó las bombas, huyó lo más rápido que pudo llevándose a sus cuatro hijos y un poco de comida. Ató al más pequeño de dos años a su espalda mientras los otros, Henson de 3 años y Amenta de 4, caminaban junto a ella. Caminó al ritmo de los niños, siempre atenta a la presencia de los bombarderos en el cielo.

Aquí Barnaba puede por lo menos dormir sin temor a la violencia. Pero la familia descansa bajo un árbol y come de una sola olla. “Me tumbo aquí y veo las estrellas por la noche, pero no pienso en nada” dice Barnaba. “Aquí estamos a salvo pero no tenemos nada. En casa lo teníamos todo pero no estábamos a salvo”.

Otros han tenido menos suerte. Omar Saif Bomfa, de 56 años, yace en la cama de un hospital con las piernas hinchadas y los músculos de las pantorrillas desgarrados. Cuando oyó las bombas caer cerca de su casa, cargó a su hijo de cuatro años sobre un hombro y una bolsa de sorgo de 30kg en el otro.

Caminó durante dos días, demasiado aterrorizado como para pararse a descansar. Al tercer día, se dio cuenta de que todo su cuerpo estaba hinchado y tenía los brazos insensibilizados. Una vez que cruzó la frontera, Bomfa fue trasladado a un hospital local por representantes de Médicos sin Fronteras, uno de los socios de ACNUR en la zona. “Tiene trombosis y edema en ambas piernas” dice Evan Atar, un doctor del hospital de Bunj. “Cuando llegó aquí no podía ni hablar”.

El hospital de Bunj, a unos 3 kilómetros del campo de Doro, es una instalación básica. Parte de su equipamiento llegó del estado de Nilo Azul después de que los médicos locales se vieran obligados a huir. La ONG Samaritan's Purse está ofreciendo apoyo para mejorar el equipamiento y los servicios. Atar dice que su mayor temor es que se propaguen enfermedades como el cólera. Durante su trayecto a lo largo de la frontera, los refugiados beben principalmente el agua de los arroyos sucios que comparten con el ganado.

La salud es una de las principales prioridades de ACNUR y sus socios. Médicos sin Fronteras ha instalado una clínica en las afueras del campo y ahora está investigando las necesidades nutricionales. Mientras tanto, Oxfam está acelerando la perforación de más pozos para hacer frente a las necesidades de agua potable de la creciente población.

“Lo estamos haciendo lo mejor que podemos teniendo en cuenta el reto al que nos enfrentamos” afirmó Koffi Adossi, jefe de la sub oficina de ACNUR en el estado de Alto Nilo. “Pero aún queda mucho trabajo duro por hacer”.

Por Greg Beals en el campo de refugiados de Kakuma, Kenia.
Beals es un periodista y escritor actualmente destinado por ACNUR en el este de África.


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