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El teatro ayuda a una madre refugiada burundesa a enfrentar su situación Imprimir

Rema Kandindi (a la derecha) actúa con un grupo de teatro callejero en Uvira, en la República Democrática del Congo. (© ACNUR /UNHCR/ Eduardo Soteras Jalil).
Rema Kandindi (a la derecha) actúa con un grupo de teatro callejero en Uvira, en la República Democrática del Congo. (© ACNUR /UNHCR/ Eduardo Soteras Jalil).
Empezando de cero en la República Democrática del Congo, una madre burundesa saca fuerzas de sus papeles con un grupo amateur de teatro.

UVIRA, República Democrática del Congo, 27 de enero de 2017 (ACNUR/UNCHR) - Con los ojos desorbitados por el pánico, dos jóvenes se ponen a cubierto en un extremo del patio, bajo un sol cegador. Tras ellos, un muro de chapas metálicas les bloquea el camino: no hay salida. Gritan de terror. De repente, todo acaba. Se levantan, se sacuden el polvo de los pantalones. Escena siguiente.

Son parte de un grupo de actores compuesto tanto por refugiados como por lugareños de Uvira, población situada en la volátil zona oriental de la República Democrática del Congo (RDC).Entre los actores del grupo de teatro, conocido como "The Kings of Peace" ("Los reyes de la paz"), se encuentra Rehema Kankindi, una viuda de 56 años que huyó de la mortal inestabilidad política en el vecino Burundi en 2015. Los ensayos tienen lugar en el pequeño patio de la modesta casa donde ha alquilado dos cuartos, para vivir junto a dos de sus hijos y dos nietos.

“Un monstruo perseguía a estos dos jóvenes”, explica con voz suave. “Son cuentos que la gente narra aquí”.

ACNUR, la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados, ayuda a proporcionar protección en todo el mundo a refugiados que, como Rehema, viven en zonas urbanas y no en campamentos, y promueve la coexistencia pacífica con las comunidades de acogida.

La falta de fondos para programas en la RDC significa que ACNUR no puede hacer todo lo que quisiera para facilitar apoyo psicosocial a los refugiados. Por ello, anima la aparición de grupos como "Los reyes de la paz" como parte de su objetivo para ayudar a los refugiados a superar experiencias dolorosas y vivir dignamente allá donde se encuentren.

Mientras los actores continúan ensayando, el pequeño patio se va llenando lentamente con un público espontáneo procedente del vecindario. Niños con chancletas se sientan en el suelo, al lado de mujeres con coloridos vestidos, y unos pocos hombres. Hoy la entrada es gratuita, pero, cuando Los reyes de la paz actúan en uno de los populares restaurantes de Uvira, las entradas les aportan unos ingresos muy necesarios.

Sin embargo, el teatro representa algo más que un poco de dinero de bolsillo para Rehema. “Me di cuenta de que tenía que unirme al grupo”, dice Rehema, que sufre de diabetes, enfermedad agravada por el estrés físico y mental. “Cuando actuamos, reímos, lloramos, estamos juntos fuera. Me ayuda con el estrés, y eso me ayuda a sobrevivir".

“Cuando actuamos, reímos, lloramos, estamos juntos fuera. Me ayuda... a sobrevivir.”

Algunas de las escenas tratan de la violencia y el refugio, y le obligan a enfrentarse a los episodios más difíciles de su vida. Dos de sus hijos mayores desaparecieron durante los disturbios en Burundi del año anterior. Ha oído rumores de que fueron asesinados. Su esposo había muerto años antes, dejándola a cargo de la familia, y de organizar el precipitado viaje a Congo cuando Burundi se transformó en un lugar demasiado inseguro para ellos.

“No sabemos por qué los mataron. Nadie nos dio un motivo. En aquella época, algunas personas secuestraban y mataban a otras, así de fácil”, dice.

Fuera del grupo de teatro, la vida es difícil para ella. Trabaja duro cada día para llevar comida a la mesa de su familia, vendiendo verdura en una mesa rudimentaria a la puerta de su casa, por lo que obtiene unos exiguos ingresos. Coloca los tomates en pirámides de cuatro, al lado de los pimientos verdes y una lata con aceite de palma que vende a cucharadas.

Rehema es particularmente vulnerable. Es viuda y tiene una familia a su cargo, y también padece enfermedades crónicas. Recientemente, ACNUR le facilitó medicinas para su diabetes y otras enfermedades. Además, trabajadores de la agencia la visitan a ella y a sus hijos de vez en cuando. Le hace sentirse más segura. Dice: “También siento que no estoy abandonada”.

“Necesita protección”, dice Esther Kashira, oficial de protección de ACNUR en Uvira. “Hacemos un seguimiento de su caso cuando llevamos a cabo visitas sobre el terreno. Nuestra presencia ayuda a proteger a los refugiados y los tranquiliza”.

En el patio polvoriento, empiezan los ensayos para la próxima escena. Rehema hace el papel de la madre de un chico que deja la escuela y va con malas compañías. Pronuncia sus frases con una emoción profunda y auténtica.

Su actuación es tan conmovedora porque se basa en su experiencia personal: su hijo menor, Swedi, de 16 años, no ha asistido a clase desde que huyeron de Burundi. Su hija, Shebaby, de 18, sueña con ir a la universidad. Pero, de momento, no cuentan con dinero suficiente para asumir los costos.

A pesar de las dificultades, nunca se rendirá. “Tengo enfermedades que no tienen cura”, dice, siendo muy realista. “Si los chicos estudian, se pueden valer por sí mismos”.

Y vuelve a los ensayos, obteniendo del teatro y de la multitud la energía que necesita para continuar adelante, por ella y por sus hijos.


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