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Noticias Notas de Prensa Los refugiados encaran el frío en Serbia con la esperanza de un futuro mejor

Los refugiados encaran el frío en Serbia con la esperanza de un futuro mejor Imprimir

Aziz Jabarkheil, de 8 años, se sienta junto al fuego para entrar en calor y protegerse de las temperaturas bajo cero de Belgrado. Aziz lleva cerca de un año sin poder dormir en una cama de verdad (© ACNUR/UNHCR/Daniel Etter).
Aziz Jabarkheil, de 8 años, se sienta junto al fuego para entrar en calor y protegerse de las temperaturas bajo cero de Belgrado. Aziz lleva cerca de un año sin poder dormir en una cama de verdad (© ACNUR/UNHCR/Daniel Etter).
Las autoridades serbias y ACNUR redoblan esfuerzos para persuadir a los menores de que abandonen los gélidos almacenes en los que han encontrado cobijo y se trasladen a los refugios de emergencia gestionados por el gobierno.

BELGRADO, Serbia, 2 de febrero de 2017 (ACNUR/UNHCR) – Aziz Jabarkheil, un refugiado afgano de apenas 8 años, no ha dormido en una cama de verdad desde hace cerca de un año. Por ahora, continúa durmiendo sobre una pila de mantas en un complejo de almacenes sucios y abandonados detrás de la estación central de Belgrado.Sin embargo, su situación desesperada podría estar a punto de cambiar.

Desde que los países vecinos de la Unión Europea (UE) cerraron sus fronteras en la primavera de 2016 y comenzaron las expulsiones colectivas a Serbia (país que no es miembro de la UE), el número de refugiados e inmigrantes atrapados en el país ha crecido, pasando de algunos centenares, a cerca de 8.000.

Como respuesta, las autoridades serbias y ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, en colaboración con otros socios humanitarios, han incrementado el número de plazas disponibles en los refugios con calefacción para refugiados e inmigrantes que son gestionados por las autoridades en Serbia, aumentando la capacidad de apenas 2.000 a cerca de 7.000 camas.

Gracias a estos esfuerzos, alrededor del 85% de los refugiados del país, incluidas todas las mujeres y las familias, están alojados en 17 centros gubernamentales. No obstante, aún hay varios centenares de hombres y niños que siguen soportando condiciones precarias e inseguras.

Este invierno, que ha sido el más frío de los últimos años, ha acrecentado la urgencia de redoblar los esfuerzos para persuadir a todos los menores como Aziz, para que se trasladen desde los edificios abandonados a los refugios gestionados por el gobierno.

En los últimos días, alrededor de 400 refugiados e inmigrantes, incluyendo a 200 niños, han aceptado dejar estos albergues improvisados e insalubres de Belgrado y trasladarse a los cercanos alojamientos abiertos por el gobierno a mediados de enero. Los que han aceptado trasladarse han afirmado estar felices de haber tomado la decisión.

Aziz patea un balón desinflado para mantenerse caliente a temperatura bajo cero, en un almacén de Belgrado donde insiste en dormir, a pesar de los esfuerzos para convencerle a él y a sus parientes para trasladarse a un refugio operado por el Gobierno. (© ACNUR/UNHCR/Daniel Etter)
Aziz patea un balón desinflado para mantenerse caliente a temperatura bajo cero, en un almacén de Belgrado donde insiste en dormir, a pesar de los esfuerzos para convencerle a él y a sus parientes para trasladarse a un refugio operado por el Gobierno. (© ACNUR/UNHCR/Daniel Etter)
“Tenía que irme, hacía demasiado frío y estaba muy sucio, cuenta Kiramat Safi, de 17 años, un menor no acompañado procedente de Afganistán, el cual tras cuatro meses viviendo a la intemperie, hace quince días decidió abandonar voluntariamente los almacenes y trasladarse a otro alojamiento gestionado por el gobierno en Krnjaca.

“Ahora me siento mucho mejor porque aquí hace menos frío”, añadió. “No hay humo y puedo dormir bajo un techo”.

Pero hasta ahora, Aziz se había negado a trasladarse a un refugio. Estaba esperando noticias de su padre, el cual permaneció desaparecido durante casi tres semanas tras un intento fallido de cruzar la frontera. Siendo el mayor de ocho hermanos, Aziz dejó atrás su familia y su hogar en la provincia de Nanghahar, en Afganistán, hace ocho meses y emprendió el viaje con su padre Habib Rahman y su tío Khan.

Aziz cuenta que han estado intentado alcanzar a otro tío, solicitante de asilo en Francia, pero tuvieron que trasladarse a los almacenes a finales de octubre tras otro intento fallido de atravesar la frontera con Croacia.

Han intentado cruzar una y otra vez, pero han sido sistemáticamente devueltos a Serbia.

Durante su último intento, hace tres semanas, llegó la desgracia. El grupo estaba cruzando un río a temperaturas bajo cero cuando su balsa se hundió. Se quedaron completamente empapados en medio de un frío insoportable. Pidieron ayuda a los guardias de la cercana frontera de Serbia, los cuales detuvieron al padre de Aziz.

Tras dejar marchar al resto, la policía les dijo a Aziz y a su tío Khan que se marcharan y se registraran en un refugio cercano gestionado por las autoridades. Pero sin forma de contactar con Habib Rahman y sin saber nada de su paradero, decidieron volver a Belgrado y esperarle allí. Hace dos días, el padre de Aziz llegó a pie al almacén abandonado.

ACNUR, a través de sus socios, se ha acercado a Habib Rahman y a Aziz y les ha pedido que se marchen de este campamento improvisado e insalubre y se trasladen a un refugio gestionado por el gobierno.

Un refugiado afgano se despierta bajo las mantas tras pasar la noche en un almacén de Belgrado a temperaturas bajo cero. (© ACNUR/UNHCR/Daniel Etter)
Un refugiado afgano se despierta bajo las mantas tras pasar la noche en un almacén de Belgrado a temperaturas bajo cero. (© ACNUR/UNHCR/Daniel Etter)

“Estaba tan feliz de haber encontrado aquí a mi hijo”, cuenta Habib Rahman, de 31 años. “Ahora, no sabemos qué hacer. Quiero ir a un refugio, pero al mismo tiempo queremos intentar, una vez más, cruzar la frontera. Probablemente iremos al refugio, pero no quiero quedarme allí mucho tiempo”.

ACNUR continúa distribuyendo folletos y aconsejando a aquellos que están en los almacenes sobre su derecho a ser alojados en refugios del gobierno. ACNUR ha trabajado arduamente para identificar a los menores no acompañados que duermen en las calles de Belgrado y otros lugares.

Sin embargo, varios centenares de refugiados e inmigrantes, incluidos muchos menores como Aziz, aún están indecisos y continúan acampando en los almacenes y en los edificios colindantes en el centro de Belgrado.

“Ahora soy el más joven de los que viven aquí”, cuenta Aziz mientras quema trozos de papel en medio de un pasillo lleno de humo para luchar contra la gélida niebla. “Antes había otros niños más pequeños que yo, pero se han marchado todos al refugio”.

Aziz cuenta que ha visto muchos horrores durante su periplo de ocho meses desde Afganistán a Serbia, pero en muchos aspectos, es igual que cualquier otro niño de ocho años. Es un gran amante del fútbol y ya ha encontrado una pelota vieja y deshinchada a la que dar toques en el suelo renegrido y rugoso del almacén.

“Me gusta jugar al fútbol y al cricket; conozco a todas las grandes estrellas”, dice. En casa me gustaba más que aquí, porque estaba con mis hermanos y hermanas; los echo de menos, pero los demás eran demasiado pequeños para venir con nosotros”.

Por ahora, Aziz, Habib Rahman y Khan continúan durmiendo en el suelo de una vieja oficina junto al vestíbulo de los viejos almacenes. Están felices de haber encontrado un sitio donde pueden cerrar la puerta, retener el calor y tener algo de privacidad. Alguien les ha donado una estufa a leña con chimenea que les permite tener un poco más de calor por las noches sin generar demasiado humo.

“Todo el mundo aquí cuida de Aziz: no es más que un niño”, cuenta Ahmad Amadzi, un refugiado afgano de 17 años que comparte la habitación con el niño y sus familiares. “Se está mejor en esta habitación que en otros lugares de por aquí”.

En otro almacén, Faysal Khan, un refugiado afgano de 16 años, está todavía peor. Pasa el día acurrucado bajo una pila de mantas donadas. El aire que le rodea está invadido por un humo tóxico que emana de las hogueras en las que los residentes queman restos de traviesas ferrocarril para protegerse del frío. Pero Faysal Khan es inflexible: dice que permanecerá ahí.

“Una vez al día, me levanto y salgo a beber té”, cuenta Faysal. “De lo contrario, me quedo dentro, aquí debajo de la manta, porque afuera hace mucho frío. Aquí hay mucho humo, pero ¿qué más podemos hacer?”.

Faysal cuenta que intentaba reunirse con su hermana, solicitante de asilo en Dinamarca, pero su viaje quedó interrumpido en Belgrado hace cuatro meses. Desde entonces ha intentado cruzar la frontera con Croacia solo una vez, pero fue expulsado de nuevo a Serbia.

Menores afganos refugiados juegan en la guardería de un centro de refugio gestionado por el gobierno. (© ACNUR/UNHCR/Daniel Etter)
Menores afganos refugiados juegan en la guardería de un centro de refugio gestionado por el gobierno. (© ACNUR/UNHCR/Daniel Etter)
“No me atrevo a hacerlo otra vez porque ahora hace mucho frío. ¿Qué pasa si me pierdo? , añade. “Cuando se vaya el frío, lo intentaremos de nuevo, Inshallah. Para nosotros este es un buen lugar. No iremos al refugio”.

Faysal, al igual que Aziz y Khan, no desea solicitar asilo en Serbia y está decidido a continuar con su viaje. Dice que permanecerá en los almacenes abandonados a pesar de los peligros que entrañan el humo y las temperaturas gélidas.

Mientras tanto, el joven Aziz busca un futuro más cómodo. “Cuando nos vayamos de aquí, voy a dormir en una cama”, cuenta, “en una casa”.

Por Josie Le Blond.


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