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Noticias Notas de Prensa Los residentes del este de Ucrania regresan a sus casas y se encuentran con ruinas

Los residentes del este de Ucrania regresan a sus casas y se encuentran con ruinas Imprimir

 © UNHCR/Petr Shelomovskiy - Una madre y su hija pasean junto a una casa parcialmente destruida durante el conflicto de 2014 en el este de Ucrania.
© UNHCR/Petr Shelomovskiy - Una madre y su hija pasean junto a una casa parcialmente destruida durante el conflicto de 2014 en el este de Ucrania.

La inseguridad todavía perdura en las zonas rurales de Lugansk en un momento en el que muchas de las personas que habían huido están regresando a sus hogares. La mayoría de ellos se encuentran con sus casas destrozadas y se enfrentan a grandes dificultades y a un futuro incierto.

LUGANSK, Ucrania, 20 de octubre de 2016 (UNHCR/ACNUR) - En un día de calor abrasador en agosto de 2014, un obús mató a la madre y a la hija de Natalya Golovchenko justo ante sus ojos. Junto a su familia, y a otros cientos de civiles, trató de huir de los combates que se desarrollaban a las afueras de Lugansk, en el este de Ucrania.

El hijo y el nieto de Natalya también resultaron heridos por los bombardeos cuando el convoy en el que viajaban fue atacado a las afueras de la ciudad. La repentina huida de su casa en la aldea de Khryaschevatoe se produjo tras cuatro meses de violencia que convirtieron el este de Ucrania en el escenario del conflicto más sangriento de Europa desde la guerra en la antigua Yugoslavia en los años 90.

Natalya, de 59 años, y su marido Nikolai Golovchenko, de 69, regresaron a casa tras haber encontrado refugio durante varias semanas en la región de Zaporizhzhia, el sureste del país. Poco a poco están recomponiendo los pedazos de su vida, tratando de llegar a fin de mes con pensiones mensuales de menos de 100 dólares. A su alrededor hay paro, precios elevados, el derrumbe de la economía y una crisis humanitaria.

Estamos tratando de sobrevivir. No contamos con nadie”, declara Natalya, que lleva puesto un llamativo vestido de estampado floreado que contrasta con el techo lleno de goteras y el papel de la pared que se cae a tiras.

 © ACNUR/UNHCR/Petr Shelomovskiy. Nikolai Golovchenko, de 69 años, ha regresado a su destrozado hogar después de pasar varias semanas en la región de Zaporizhzhia, el sureste del país.
© ACNUR/UNHCR/Petr Shelomovskiy. Nikolai Golovchenko, de 69 años, ha regresado a su destrozado hogar después de pasar varias semanas en la región de Zaporizhzhia, el sureste del país.
El conflicto en el este de Ucrania ha desplazado a más de dos millones de personas, tanto dentro como fuera de sus fronteras. Aproximadamente 500.000 personas -uno de cada cuatro residentes de la región de Lugansk-, han huido de los combates en esta tierra de granjas, minas de carbón y fábricas de acero. Muchos se han marchado a Rusia, mientras que otros, como la familia de Natalya, se han desplazado a otras partes de Ucrania. Algunos retornaron pasados unos días o unas semanas, otros regresaron tras el anuncio de un alto al fuego en septiembre del año pasado.

Por ahora, al menos 150.000 personas han retornado a Lugansk”, señala Pablo Mateu, representante de ACNUR en Ucrania.

Para muchos, volver a casa ha resultado devastador. Lo que han visto son tumbas recientes de familiares, amigos o completos desconocidos, tanques y coches calcinados y casas sin agua corriente, electricidad o gas.

Todo ha quedado destruido, había tanques y restos de obuses vacíos”, explica Elena Surnina, una madre de tres hijos, cuya casa en el pueblo de Novosvetlovka fue destruida por bombardeos. “Comemos lo que dejamos en el sótano”, comenta. Elena también recoge restos de chatarra para venderla.

Ellos, al igual que muchos otros, han sobrevivido gracias a sus sótanos y huertos. Las familias han resistido a los intercambios de disparos y a los bombardeos refugiándose en sótanos oscuros, fríos y húmedos, alimentándose solamente de latas de verduras, pepinillos y patatas.

Las casas han resultado dañadas por las balas, los bombardeos, las explosiones, fuegos y los saqueadores.

Incluso aunque la metralla no las has tocado, las ondas expansivas consecuencia de las explosiones han hecho volar por los aires las tejas de los tejados de forma rápida y ensordecedora, como si lo hubiera causado un potente terremoto.

Las tejas se desprendían como si fueran escamas de pez”, explica uno de los trabajadores de la construcción contratados por ACNUR.

Estas casas son las bases del resurgir de la región rural de Lugansk, pero el conflicto las ha vuelto vulnerables a los elementos. Los tejados dejan pasar la lluvia y la nieve. Aunque se ha restablecido el servicio de electricidad, agua y gas en muchas casas, los vientos sin piedad de la estepa minan la calefacción cuando las temperaturas invernales caen por debajo de 300C bajo cero.

Los ingresos de los residentes son demasiado bajos para costear reformas. La mayoría de los habitantes de Lugansk vive con menos de 50 dólares al mes y muchos dependen de la ayuda humanitaria de las autoridades locales, de Rusia o de agencias internacionales. Muchos no saben cómo solicitar la ayuda o creen que les llegará de una u otra manera. Han parcheado sus tejados y ventanas de forma temporal con lonas y celofán.

ACNUR ha ayudado a restaurar unas 600 casas y edificios de apartamentos en zonas de la región de Lugansk no controladas por el gobierno, en las que viven alrededor de 1.200 familias. Tras una evaluación de los daños y discusiones con las autoridades, la Agencia contrató a trabajadores locales de la construcción para ayudar a las familias vulnerables y repartir materiales de construcción a aquellos capaces de hacer reparaciones.

 © ACNUR/UNHCR/Petr Shelomovskiy - ACNUR ha contratado a trabajadores de la construcción en el pueblo de Georgievka para reparar las viviendas dañadas por el conflicto en 2014.
© ACNUR/UNHCR/Petr Shelomovskiy - ACNUR ha contratado a trabajadores de la construcción en el pueblo de Georgievka para reparar las viviendas dañadas por el conflicto en 2014.
Cuando se están reparando los techos, las ventanas y las paredes de una familia, los vecinos se dan prisa en solicitar ayuda y a menudo describir una larga lista de necesidades ante los representantes de ACNUR.

Victoria Galizdra, de 48 años, vive en una casa en el pueblo de Georgievka, que ha sido escenario de algunos de los enfrentamientos más violentos. Un cosaco escondido junto a un viejo castaño sobrevivió al duelo contra un tanque. Un francotirador abandonó un puñado de proyectiles vacíos en su jardín trasero.

Un cuadro se ha caído en su comedor pero no se ha roto, lo que la supersticiosa familia de Victoria interpreta como una señal positiva.

Mi madre dice que gracias a Dios, todos vamos a sobrevivir”, comenta Victoria sentada junto a su casa donde sus hijos han instalado un nuevo tejado pagado por ACNUR. “Podríamos escribir la biblia después de todo lo que hemos pasado”.

Por Mansur Mirovalev.


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