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Noticias Notas de Prensa La creciente crisis de refugiados en Europa escenificada en Hungría

La creciente crisis de refugiados en Europa escenificada en Hungría Imprimir

© REUTERS/ Leonhard Foeger.- Los refugiados acampan en un pasaje subterráneo cerca de la estación de tren de Keleti en Budapest
© REUTERS/ Leonhard Foeger.- Los refugiados acampan en un pasaje subterráneo cerca de la estación de tren de Keleti en Budapest
BUDAPEST, Hungría, 4 de septiembre de 2015 (ACNUR/UNHCR) - Una dura confrontación entre policía y refugiados en un tren bloqueado a las afueras de Budapest, un campamento improvisado de sirios, afganos y otros atrapados en la principal estación de tren de la capital, más de 2.000 refugiados que llegan cada día al país desde Serbia: la crisis de refugiados e inmigrantes en Europa va en aumento y es cada vez más alarmante.

El ‘impasse’ del tren surgió de la confusión. En la principal estación de ferrocarril, las autoridades anunciaron la cancelación de todos los trenes de la mañana con destino a Europa occidental. Luego, extrañamente, un tren se preparó para salir. Cientos de refugiados lo asaltaron. Pero, cuando había recorrido unos 40 kilómetros, se detuvo y la policía intentó trasladar a los refugiados a un centro de acogida provisional en Bicske.

Los refugiados se negaron a abandonar el tren. No querían ni comida ni agua. Estaban en huelga, explicaban, y exigían que les dejaran salir del país. La confrontación se prolongó durante toda la noche y hasta la mañana.

“Sería terrible que se hubiera engañado a esta gente al decirles adonde iban los trenes”, declaró la representante de ACNUR Montserrat Feixas Vihé.

“La falta de información ha sido uno de los principales problemas hasta el momento. Necesitan saber, merecen saber lo que se va a hacer con ellos, adónde les están mandando, para poder tomar sus propias decisiones”.

La explanada frente a la estación principal de tren de Keleti, en Budapest, parece un improvisado y triste campamento. Más de 2.000 personas pasan la noche allí, algunos en pequeñas tiendas, otros durmiendo con mantas y colchones de aire, muchos sobre el mismo piso de cemento, cubiertos tan solo por su ropa.

“No tengo dignidad alguna aquí”, dice Mohammad, de 44 años. Dejó a su esposa y a sus dos hijas gemelas en Homs (Siria) hace un mes, pensando que encontraría trabajo y un refugio seguro para su familia en Europa. Su esposa intentó disuadirlo durante meses. Pero él no le hizo caso.

“Ahora, al ver esto, me arrepiento de haber venido”, cuenta señalando a la multitud de refugiados, la mayoría sirios, arremolinada ante la imponente entrada de la estación. Mohammad lleva ocho días allí.

Abd Alhadi explica que la policía lo recogió hace dos días y lo llevó a un tren junto a otra veintena de refugiados.

“No sabíamos adónde nos llevaban. Pero nos bajamos en una estación y volvimos acá. Quería estar con mis dos hermanos”.

Los tres vivían en Damasco, junto al campamento de refugiados palestinos de Yarmuk. Durante años, los bombardeos fueron diarios. Al final, su casa fue alcanzada y destruida.

“Vivíamos bien en Siria, pero ahora no hay más que guerra. Cuando salía, mi madre nunca sabía si iba a regresar. Antes, nuestros niños jugaban con coches de juguete. Ahora quieren armas de juguete. Todo lo que ven son Kalashnikovs”, cuenta.

“Pagamos 12.000 dólares para llegar hasta aquí los tres: traficantes, barcos… Ahora solo nos quedan poco más de 1.000 dólares. Solo queremos vivir en paz en Europa con nuestras familias”.

Frente a la estación, adultos y niños sostienen improvisadas pancartas antes la horda de cámaras. “Quiero ir a Alemania”; “Ser refugiado no es un crimen”; “Me siento preso y extraño a mi familia en Alemania”. Casi todas las frases están en inglés.

Como empieza a caer la noche sobre la ciudad, los sirios se reúnen en las escaleras de la estación y cantan: “Queremos irnos, queremos irnos”. Pero nadie se va. Todos los trenes hacia Europa occidental han sido cancelados hasta nuevo aviso, dice un letrero en la estación, “en aras de la seguridad del transporte ferroviario”.

Como Mohammad, el resto de la gente recibe muy poca ayuda. Se ve obligado a gastar parte de lo que él llama su dinero de emergencia. Perdió su bolsa e incluso su camisa durante el largo viaje. Un grupo de voluntarios, Migration Aid, entrega ropa, agua y comida procedente de donaciones.

El Gobierno húngaro dice que está montando una “zona social temporal”, no muy lejos de la estación, y ha pedido ayuda técnica y algunas unidades de alojamiento a ACNUR. Pero ese campo no estará operativo antes de, por lo menos, diez días más.

En la frontera con Serbia, el flujo de refugiados es incesante, a pesar de la valla de alambre que han mandado a levantar las autoridades húngaras. Más de 2.000 personas logran pasar a Hungría cada día desde el vecino país del sur.

Los refugiados que son detenidos por la policía son trasladados a centros de recepción. Allí les dan comida y agua, los registran y les toman las huellas dactilares. Sin embargo, otros muchos evitan ser detectados y consiguen llegar a Budapest en autobús o en tren.

Pero, por el momento, Budapest es un callejón sin salida frente a una cavernosa estación de tren.

Por Don Murray, en Hungría.



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