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Noticias Notas de Prensa El “Ángel de los Refugiados” de la Ruta de los Balcanes

El “Ángel de los Refugiados” de la Ruta de los Balcanes Imprimir

© ACNUR / N. Spasenoski. La ayuda nunca está completa sin una sonrisa. Lenche Zdravkin con los refugiados en la estación de Gevgelija, en Macedonia.
© ACNUR / N. Spasenoski. La ayuda nunca está completa sin una sonrisa. Lenche Zdravkin con los refugiados en la estación de Gevgelija, en Macedonia.
GEVGELIJA, Macedonia (Antigua República Yugoslava de), 30 de julio de 2015 (ACNUR/UNHCR) – Refugiados exhaustos marchan a pie por las vías del tren sin nada más que una mochila. Algunos de ellos llevan en brazos a niños pequeños, confusos, que se aferran a su pecho. Mujeres embarazadas avanzan bajo el sol abrasador, luchando contra la fatiga y las ampollas, pero sobre todo, contra la tristeza. Esta era la imagen que Lenche Zdrakin divisaba desde su ventana.

Ella fue testigo de estas escenas por primera vez hace dos años, cuando el flujo de extranjeros comenzó a desfilar por delante de casa, situada a pocos metros de las vías de tren que conectan el norte y sur de su país, la Antigua República Yugoslava de Macedonia.

Lenche, de 48 años y directora de administración y finanzas de una televisión local, vive con su marido y sus dos hijos en la ciudad de Veles. Esta ciudad, localizada en el corazón de la conocida como “Ruta de los Balcanes”, que estos últimos dos años ha sido utilizada por un número cada vez mayor de refugiados durante su desesperada odisea que les lleva desde Grecia, a través de la Antigua República Yugoslava de Macedonia y Serbia, hacia Hungría, puerta de entrada hacia sus deseados destinos en el norte y oeste de la Unión Europea.

Cuando Lenche empezó a charlar con estos viajeros inesperados y a conocer las razones que les habían llevado a huir países asolados por la guerra, como Siria, Irak y Afganistán, y las circunstancias que rodearon su largo y peligroso viaje, su instinto humano inmediatamente la incitó a ayudarles.

Viéndolos desmoronarse delante de mi casa, viéndolos desmayarse, al ver sus piernas congeladas llenas de heridas… hice lo que tenía que hacer. Si cualquier otro hubiera estado en mi lugar, habría hecho lo mismo. La vida humana no tiene precio”.

Junto a su familia, Lenche primero comenzó a proporcionar agua, té y algo de comida. Conforme los grupos fueron creciendo, Lenche tuvo que comprar más pan e incluso darles toda la comida que su familia había guardado para el invierno. Cuando las temperaturas comenzaron a subir con la llegada de la primavera y el agua se convirtió en una necesidad, Lenche también empezó a comprar agua. Cuando fue demasiado caro comprar el pan para los refugiados cada día, decidió empezar a hacerlo ella misma.

© ACNUR / N. Spasenoski. La bolsa de Lenche, llena de ropa limpia y planchada para bebés y niños, dibuja una sonrisa en muchos rostros.
© ACNUR / N. Spasenoski. La bolsa de Lenche, llena de ropa limpia y planchada para bebés y niños, dibuja una sonrisa en muchos rostros.
Aún con todo esto, pronto se dio cuenta de que todo lo que estaba haciendo era insuficiente. “Cada día me preguntaba cómo podía llegar al día siguiente y cómo podía ayudarlos. Intentaba mantener bajo el presupuesto y ser práctica”, explicaba Lenche.

Tardó un año y medio hasta que sus compatriotas, las organizaciones y los medios de comunicación fueron conscientes de su labor humanitaria y desinteresada. Su casa pronto se convirtió en el centro humanitario de Veles. Sus habitantes ahora la llaman “la casa de la esperanza”.

Esto generó una iniciativa ciudadana que creció rápidamente, a través de las redes sociales, hasta convertirse en una iniciativa a escala nacional.

Inmediatamente me sentí aliviada, ya que la ayuda ahora estaba viniendo de todas partes”, dice. “En poco tiempo, el pasillo de mi casa se convirtió en un almacén”.

Los esfuerzos de Lenche llegaron también a oídos del personal de ACNUR, que la visitaron y le ofrecieron su ayuda. “Vieron que yo necesitaba apoyo y, al poco tiempo, recibí en mi casa productos de primera necesidad como agua, galletas o productos de higiene”, explica.

A través de la Cruz Roja nacional, ACNUR aseguró también la entrega diaria de pan desde una panadería local hasta la casa de Lenche.

Para encontrar una respuesta a la afluencia diaria de un millar de refugiados, que está generando una considerable presión sobre la capacidad de acogida de este Estado en los Balcanes, en junio pasado el parlamento macedonio modificó la legislación de asilo del país, concediendo a las personas en busca de asilo el derecho, durante 72 horas a partir de s entrada en el país, a moverse legalmente, utilizar medios de transporte público y solicitar asilo.

Los refugiados ya no se ven obligados a esconderse y a caminar de noche por rutas peligrosas, a través de carreteras o siguiendo las vías del tren, expuestos a bandas criminales y accidentes de tren, que se han cobrado 28 vidas en los últimos seis meses.

Ahora, los refugiados ya no pasan junto a la casa de Lenche, pero esto no ha alterado su sincera motivación de ayudar a las personas necesitadas. Casi todos los días, ella recorre el trayecto de 110 kilómetros que separa su casa de la ciudad de Gevgelija, cerca de la frontera con Grecia y primera parada para los refugiados que entran en la Antigua República Yugoslava de Macedonia. Lenche se abre paso entre el mar de refugiados exhaustos y sedientos que descansan en la estación de Gevgelija, compartiendo con ellos agua, comida, ropa, productos de higiene y pañales para los bebés.

Después de todo lo que hemos pasado, esta mujer es como un ángel para nosotros”, dice uno de los refugiados, dándole las gracias por la botella de agua que Lenche le ofrece.

Pero ella no ve nada extraordinario en lo que hace: “Todos nosotros podríamos hacerlo. A veces, el dinero no es necesario para ayudar a alguien. A veces, se trata sólo de saludarles u ofrecerles una sonrisa para darles fuerza”.

Por Ljubinka Brashanarska y Neven Crvenković .


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