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Noticias Notas de Prensa Una familia bangladesí, cocineros de éxito en Hungría... y en cualquier idioma

Una familia bangladesí, cocineros de éxito en Hungría... y en cualquier idioma Imprimir

© ACNUR/Z.Pályi. Begum Ali, una refugiada de Bangladesh, y su hijo mayor, Ferdous, cocinan en su nuevo restaurante en Budapest, donde han alcanzado la seguridad tras 20 años viviendo en el miedo y siempre en movimiento.
© ACNUR/Z.Pályi. Begum Ali, una refugiada de Bangladesh, y su hijo mayor, Ferdous, cocinan en su nuevo restaurante en Budapest, donde han alcanzado la seguridad tras 20 años viviendo en el miedo y siempre en movimiento.
BUDAPEST, Hungría, 10 de abril de 2015 (ACNUR/UNHCR) - Una conversación familiar en la minúscula cocina de este restaurante bangladesí del centro de Budapest suena más como un debate de la ONU que como una charla entre parientes.

Acaba de entrar un cliente. Corre y tómale nota”, le pide Lufta, de 17 años, a su hermano Kalam en griego. Su madre, Begum, nombre que también recibe el restaurante, habla a su marido en su lengua materna, el bengalí, mientras prepara los sabrosos platos, pero le pasa las comandas a sus hijos en urdu. Y el joven Kalam, de 15 años, se gira hacia el visitante y amablemente traduce el parloteo al húngaro.

El periplo de 20 años de esta familia atravesando más de la mitad del planeta en busca de seguridad explica su envidiable facilidad con los idiomas. Ni siguiera parecen darse cuenta cuando cambian de una lengua a otra.

Estamos muy contentos de vivir en Hungría”, afirma el padre, Moshahid Ali. “Aquí estamos seguros y la gente es muy amable. Después de tantos años huyendo y deambulando queremos quedarnos aquí. Por eso abrimos nuestro propio restaurante”.

Es su inversión de futuro y un regalo ahora que su odisea finalmente ha terminado. Fueron reconocidos como refugiados en Hungría en octubre de 2013 y abrieron el restaurante 'Begum All Modina' unos 15 meses después. Trabajan con un presupuesto muy limitado gracias a préstamos de amigos, tanto que incluso tienen que conformarse con un nombre erróneo para su pequeño local debido a que la persona encargada de dibujar el rótulo no escribió bien el nombre original, “Al Modina”.

A pesar de un lento comienzo empresarial, la vida en Hungría les va bastante bien. “Aquí puedo ir a la escuela con normalidad, no tengo que temer que un policía me pegue o que alguien vaya a apuñalarme en la calle, como en Atenas”, añade Kalam, dándonos una idea de lo que la familia ha sufrido hasta llegar aquí.

Kalam, enérgico, sociable y siempre sonriente, es el más joven de los tres hijos de Moshahid, de 46 años, y de Begum, de 41. Ella estaba embarazada de ocho meses de Ferdous, el último de sus hijos, cuando la pareja tuvo que huir de la violencia policial que se llevó por delante la vida del padre de Moshahid y de tantos otros familiares en Bangladesh. Ferdous, Lufta y Kalam nacieron en Pakistán, donde después de una breve parada en India, la familia se instaló durante cuatro años. Esto explica que los padres se dirijan a sus hijos en urdu, la lengua nacional de Pakistán.

Pero una vez más, esta familia de cinco se sintió en peligro y partió hacia Irán, donde la situación no mejoró. Después vino Turquía. Y entonces Grecia les ofreció un poco de estabilidad durante nueve años, dándoles a los chicos la lengua en la que se sienten más cómodos cuando hablan entre ellos, aunque también hablan inglés y húngaro.

Begum, a pesar de no saber leer ni escribir, trabajó en Atenas como limpiadora en un banco, una fábrica y una discoteca, pero tampoco así conseguían llegar a fin de mes. Es por ello que, una vez más, emprendieron el camino hasta terminar en Hungría en febrero de 2013.

Ferdous, que ahora tiene 18 años y es más reservado que Kalam, dice que era tan buen jugador que en Atenas intentaron ficharle representantes de clubes de fútbol bastante conocidos. Su madre, sin embargo, no quería que apostara por una carrera impredecible en el deporte.

Ferdous obedeció y consiguió un trabajo en una tienda . Ahora, entre otras obligaciones, ayuda a sus padres a comprar especias, arroz basmati y carne halal para el restaurante en una tienda cercana de un inmigrante pakistaní. “Tengo que dejar de lado mis sueños”, dice Ferdous. “Tengo que trabajar y ayudar a mis padres en el restaurante. Trabajar y estudiar, no hay tiempo para el fútbol”.

Después de casi 20 años viviendo en el miedo y desplazándose continuamente, conseguir finalmente el estatus de refugiado en Hungría ha cambiado la vida de esta unida familia. “Fue la primera vez que nos era concedido el estatus de refugiados desde que abandonamos Bangladesh”, dice Kalam, en un elegante húngaro casi sin acento, “Es un sentimiento increíble. Hace poco fuimos a Viena con la escuela y fue fantástico poder viajar de un país a otro con un pasaporte como un turista normal y corriente”.

Por Ernö Simon en Budapest, Hungría.


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