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Con 14 años, Rose y otra niña de su edad trabajaban en los campos cercanos a la pequeña ciudad de Bangadi cuando fueron secuestradas por miembros del LRA que operaban en la zona. Pasó un año y ocho meses con los rebeldes hasta que fue rescatada por las fuerzas armadas de Uganda a finales de 2010. En la actualidad, Rose está intentando recuperar su vida en la ciudad de Dungu, donde trabaja en una panadería, gestionada por el grupo religioso Dynamic Women for Peace, Mujeres Dinámicas por la Paz, que recibe apoyo de una organización socia de ACNUR. Sin embargo, las actividades del LRA continúan desplazando a los habitantes de la región; más de 4 mil personas han huido de su hogar para escapar de los ataques desde finales del año pasado y más de 300.000 se han visto forzadas al desarraigo desde 2008 en la provincia de Orientale, en el noroeste de RDC. Rose estuvo conversando con ACNUR y compartió con nosotros su historia: “Cuando llegamos al campamento del LRA, a 35 km de Bangadi, el comandante nos obligó a casarnos con hombres y mantener relaciones sexuales con ellos esa noche y las siguientes. Desgraciadamente, mi marido tenía una enfermedad de transmisión sexual y yo me contagié. Dos semanas más tarde, me dolía muchísimo la parte baja del abdomen. El comandante me dio una medicina para aliviar el dolor, pero no me curé. Me dijeron que no tuviese relaciones sexuales durante dos meses, pero un mes más tarde mi marido me obligó a dormir con él. Me dijo que me mataría si me negaba. (Rose sigue hoy en tratamiento por su enfermedad). Había muchas otras chicas con nosotras en el campamento. Éramos las esposas de los rebeldes aunque también nos obligaban a trabajar como porteadoras. Los rebeldes se trasladaban cada día y teníamos que cargar con sus cosas. Llevábamos protección para las pantorrillas debido a la maleza, pero aún así seguía haciéndonos daño. Cada noche teníamos que practicar sexo con nuestros maridos. Si nos negábamos a trabajar o intentábamos protestar, nos pegaban. Mataron a una persona que intentó escapar. Un día, en 2010, los soldados se marcharon para atacar la villa de Tapili y capturar a gente. Fue entonces cuando los militares ugandeses llegaron y me rescataron a mí y a otras chicas. En ese momento todavía no sabía que estaba embarazada. Me llevaron de vuelta a Bangadi, donde viví con mi tío ya que mi padre había muerto cuando era niña y mi madre se había ido a Dungu. La chica que fue secuestrada conmigo nunca volvió. Me dijeron que el LRA se la llevó a Uganda. Después de que me liberaran, pensé en volver a vivir en el campamento con el LRA porque estaba traumatizada. Me asustaba de todo el mundo. A veces, volvía durante unas horas o un día y la gente me venía a buscar. Comencé a recibir ayuda para recuperarme del trauma y olvidar mi sufrimiento. Gente de la COOPI (ONG italiana de cooperación internacional) me visitaba regularmente y me daban ropa. Cuando descubrí que estaba embarazada, quise abortar porque pensé que daría a luz a una mala persona. Pero me dejé aconsejar (por la iglesia y por aquellos que estaban a su lado) y decidí no abortar. Un día llegó la Cruz Roja y me llevó a Dungu para reunirme con mi madre, pero ella me rechazó. No podía aceptar lo que me había pasado durante mi cautividad. Primero pasé un tiempo con una familia de acogida y ahora vivo con mi tío, pero él no cuida de mí. A veces pasan dos días seguidos y no tengo nada que llevarme a la boca. El embarazo fue muy complicado y no tenía ni fuerzas ni leche para dar de mamar al bebé. Al principio no me gustaba, pero luego me di cuenta de que era un bebé bueno y comencé a amarlo… Mi hijo se puso muy enfermo después de nacer y yo no podía hacer nada para que mejorase. Dependía de la generosidad de las enfermeras del hospital para poder cuidar de él. Un día, estaba vendiendo carbón en Dungu cuando se acercó una monja y se puso a hablar conmigo. Se llamaba Sor Angelique y me tomó bajo su protección y me llevó al centro de apoyo para la reinserción y desarrollo (gestionado por las Mujeres Dinámicas por la Paz). Aprendí a hacer pan y ahora hago pan tres o cuatro veces por semana y lo vendo por las calles de Dungu. Puedo llegar a ganar de 8.000 a 9.000 francos congoleños a la semana (unos 8 ó 9 dólares USA), pero es un trabajo duro. Tengo que caminar mucho por toda la ciudad. Cuando tengo problemas, voy a ver a la monja y ella me ayuda. Si no tengo harina, ella me ayuda a conseguir alguna. Mi sueño es ganar dinero suficiente para comprarme una máquina de coser. Me gustaría tener un trabajo más estable y un futuro mejor. He aprendido a coser en el centro y me gustaría aprovechar esa habilidad para conseguir ser independiente”. * Los nombres han sido cambiados por razones de seguridad. Por Céline Schmitt en Dungu, República Democrática del Congo |

