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Huérfanos rohingya buscan un refugio donde recuperarse Imprimir

Muchos niños rohingya, como los que aparecen en esta imagen de febrero de 2016, viven en campamentos improvisados y saturados en Bangladesh después de haber huido de la violencia en Myanmar (© ACNUR/UNHCR Saiful Huq Om)
Muchos niños rohingya, como los que aparecen en esta imagen de febrero de 2016, viven en campamentos improvisados y saturados en Bangladesh después de haber huido de la violencia en Myanmar (© ACNUR/UNHCR Saiful Huq Om)
ACNUR trabaja para identificar y determinar el interés superior de los menores no acompañados que han llegado recientemente a los campamentos de refugiados en Bangladesh.

UKHIYA, Bangladesh, 10 de abril de 2017 (ACNUR/UNHCR) - A su edad, Asif y Suleman* deberían estar corriendo, jugando y manchándose la ropa, y dando quebraderos de cabeza a sus padres. Sin embargo, los dos jóvenes hermanos permanecen sentados como estatuas, manteniendo fija la mirada y sin atisbo de expresión en sus ojos.

Suleman tiene 12 años y Asif 8, pero parecen mucho más jóvenes que sus compañeros. En las últimas semanas, su rutina diaria ha consistido en ir a una escuela religiosa y a clases particulares de inglés. No juegan y apenas duermen.

Sueño con niños felices mientras juegan”, dice de repente Suleman. “Pero en mis sueños no podemos jugar con ellos. Siempre tengo miedo. Si se cae algo al suelo u oigo un ruido inesperado, me sobresalto y recuerdo lo que pasó”.

Estos dos niños se encuentran entre los numerosos niños rohingya con signos de trauma que han llegado a Bangladesh desde el mes de octubre del año pasado, separados de sus familias tras una operación de seguridad en el estado de Rakhine, al norte de Myanmar. Se estima que más de 70.000 personas han huido a Bangladesh en los últimos cinco meses; de los cuales, la mitad pueden ser niños menores de 18 años.

Siempre tengo miedo

Suleman y Asif estaban jugando en el patio trasero cuando su casa fue atacada. Huyeron, pero no pudieron salvar a su hermano pequeño que estaba jugando delante de la casa. Creen que sus padres murieron tiroteados durante el ataque, pero no saben si su hermano sobrevivió.

Emprendieron la huida con sus vecinos y finalmente llegaron a Bangladesh, a casa de su tío Mustafa, quien había huido con su familia en octubre. Ahora viven en un refugio improvisado y reciben arroz y materiales de primera necesidad.

Más allá de sus necesidades inmediatas, estos niños necesitarán apoyo psicosocial para lograr superar la pérdida de sus seres queridos y la violencia que han presenciado.

Asif, de 8 años, y Suleman, de 12, cuentan que sus padres fueron asesinados en el episodio de violencia que estalló cerca de Maungdaw, en Myanmar (© ACNUR/UNHCR)
Asif, de 8 años, y Suleman, de 12, cuentan que sus padres fueron asesinados en el episodio de violencia que estalló cerca de Maungdaw, en Myanmar (© ACNUR/UNHCR)
En los campos de refugiados de Kutupalong y Nayapara se han establecido espacios de juegos para todas las edades para así ayudar a olvidar los traumas psicológicos.

Jugar es esencial para los niños. De esta manera pueden sentar las bases para el aprendizaje, pero resulta particularmente importante para los niños refugiados por su papel terapéutico”, explica Marzia Dalto, Oficial de Protección de ACNUR en Cox’s Bazar, en Bangladesh. “Cuando se gestiona adecuadamente, el juego imaginativo y seguro puede contribuir a reducir el estrés y optimizar el desarrollo de las capacidades cognitivas. Puede ayudar a los menores con traumas emocionales a recuperarse y ofrece una oportunidad para romper el ciclo de violencia física y emocional

Para algunos niños, jugar puede resultar un lujo. Kamal*, de 12 años, perdió a sus padres por la violencia en Myanmar. Sin nada a su nombre, en noviembre huyó a Bangladesh con sus tres hermanas mayores. Pidieron prestados 80.000 kyats (60 dólares) a su vecino para pagar un barco y cruzar el río Naf.

En Bangladesh, Noor Kaida, una refugiada rohinya que llegó al país hace mucho tiempo, les encontró y decidió alojarles junto a ella y sus cuatro hijos.

Encontré a estos niños llorando en un cementerio cercano”, explica Noor Kaida, de 27 años, quien huyó de Myanmar junto a sus padres siendo tan sólo un bebé. “Les acogí porque no tienen nada, ni a nadie. Son muy vulnerables y tenemos una responsabilidad moral hacia ellos”.

Son muy vulnerables, tenemos una responsabilidad moral hacia ellos

Al ser el único chico, Kamal se ofreció voluntario para trabajar en una tienda de venta de té en la ciudad. Ahora apenas regresa a su refugio.

A Talifa*, su hermana mayor de 18 años, le acechan incesantemente las preocupaciones: “Son todavía muy pequeños. ¿Cómo vamos a encontrar comida y ropa? ¿Cómo sobreviviremos? También debemos a nuestro vecino el dinero que gastamos en el pasaje de barco. No para de pedírmelo y le he prometido que mendigaré en la calle o haré lo que sea para devolverle el dinero”.

Su anfitriona, Noor Kaida, les ha dicho que les acogerá durante todo el tiempo que pueda, “hasta que encuentren un lugar donde vivir o se casen”.


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