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Arriesgándolo todo para escapar de las mortíferas maras de Centroamérica Imprimir

© ACNUR/UNHCR/Markel Redondo - En Chiapas, en México, una balsa cruza el río Suchiate, que marca la frontera entre Guatemala y México. Ese es uno de los principales puntos de tránsito para los centroamericanos que huyen de la violencia de las pandillas.
© ACNUR/UNHCR/Markel Redondo - En Chiapas, en México, una balsa cruza el río Suchiate, que marca la frontera entre Guatemala y México. Ese es uno de los principales puntos de tránsito para los centroamericanos que huyen de la violencia de las pandillas.

CIUDAD DE MÉXICO, México, 5 de julio de 2016 (ACNUR/UNHCR) – Cuando era oficial de policía en El Salvador, Carolina* trabajaba en una unidad de protección para víctimas de secuestros y testigos de asesinatos, con el fin de poder llevar ante la justicia a los perpetradores de los crímenes. Sin embargo un día, los matones fueron a por ella.

Miembros de una poderosa mara la siguieron hasta el trabajo y su casa, y amenazaron con matarla. Obligada a cambiar de domicilio varias veces, vivía con el constante temor de ser asesinada en cuanto saliese de casa.

“Me gustaba mi trabajo porque me gustaba proteger a otras personas. Pero también temía que cada vez que iba al trabajo, dejaba a mis hijos sin saber si iba a volver”, dice.

Al trabajar con la policía, conoce de primera mano cómo las maras secuestran, amenazan, extorsionan y asesinan a familiares y frecuentemente llegan a reclutar a sus hijos, que a menudo aún están en edad escolar.

Cuando los miembros de la pandilla comenzaron a acosar a Juan, su hijo de 13 años, Carolina sintió que no tenían otra opción más que huir. Sin documentos de viaje, Carolina desembolsó 2.000 dólares para pagar a traficantes que los llevaran a México, donde los retuvieron en un centro de detención de inmigrantes, mientras se procesaba su solicitud de asilo.

Ahora, en un albergue familiar, se encuentra entre decenas de miles de hombres, mujeres y niños de El Salvador, Guatemala y Honduras que huyen de la creciente violencia a manos de las maras, en la que se ha convertido la mayor crisis de refugiados en la región, desde que un millón de personas huyeron de las guerras civiles en los años 80.

Las actividades criminales de estas bandas también incluyen el tráfico de drogas, la trata de seres humanos, la prostitución y los robos. El alcance de las maras se extiende ahora a través de los llamados países del Triángulo Norte de Centroamérica y más allá.

Quienes huyen por sus vidas van desde profesionales como Carolina, en El Salvador, hasta madres solteras con cinco hijos, como Rosario, de Honduras, quien huyó a México, junto a sus aterrorizados hijos, después de que miembros de una mara quemaran su casa.

“Cogimos varios autobuses para llegar hasta la frontera y después, de noche, cruzamos el río que separa Guatemala y México nadando y llevando a cuestas a los niños pequeños. Me aterraba la ida de que los niños pudieran ser arrastrados por el agua o que se ahogaran”, recuerda.

ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, cree que es necesario hacer más a nivel regional para proteger a las personas vulnerables como Carolina, Rosario y sus familias, que huyen de la persecución y del recrudecimiento de la violencia en los países del Triángulo Norte.

“Como las vías seguras para solicitar asilo disminuyen en esta región, estas personas se convierten en víctimas de traficantes y redes de trata. Se ven expuestas a sufrir abusos a lo largo de su viaje y, a menudo, sus necesidades no encuentran una respuesta adecuada”, declaró Filippo Grandi, Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados.

“Se trata de una crisis de protección que requiere una mayor coordinación regional para asegurar respuestas a tiempo y orientadas a la búsqueda de soluciones”, agregó.

La necesidad de una respuesta común también se puso sobre la mesa por el gran número de personas desplazadas de sus hogares por la persecución de las pandillas, conocidas como ‘maras’ en Centroamérica. Mientras que Carolina y Rosario huyeron de El Salvador y Honduras, las mismas maras también están persiguiendo a otras personas en el país vecino, Guatemala, entre ellas Karla*, una mujer transgénero de unos cuarenta años.

Karla, que ya tenía grandes dificultades para pagar una extorsión semanal, o “impuesto de guerra”, de 200 quetzales (26 dólares), buscó refugio en México después de que las maras duplicaran su demanda semanal a 400 quetzales (52 dólares), una suma que ella no podía pagar.

“Aquí en México me siento respetada y segura, y agradecida por el apoyo de ACNUR”, dijo.

*Nombre cambiado por motivos de protección.


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