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Noticias Historias con rostro Una pareja de invidentes salvadoreños huye de las amenazas de una pandilla haciéndose los muertos

Una pareja de invidentes salvadoreños huye de las amenazas de una pandilla haciéndose los muertos Imprimir

©ACNUR/UNHCR. La refugiada salvadoreña invidente, Rosario* toma la mano de su esposo Víctor*.
©ACNUR/UNHCR. La refugiada salvadoreña invidente, Rosario* toma la mano de su esposo Víctor*.

CIUDAD DE MÉXICO, México, 29 de junio (ACNUR/UNHCR) — Cuando una banda criminal armada hasta los dientes vació cargador tras cargador sobre su casa de El Salvador, la pareja de invidentes formada por Rosario y su esposo Víctor* no tuvo más remedio que agarrar a su hija y tirarse al suelo para evitar las balas.

Unos minutos después, varias personas a las que no pudieron identificar irrumpieron en la casa y se acercaron a ellos mientras yacían en el suelo. Víctor se había situado de manera protectora sobre su mujer y su hija de 10 años, quienes pensaban que iban a morir.

“Estaba paralizada, tenía el cuerpo como muerto”, cuenta Rosario, llorando mientras revive aquel terror. “Pero después nos dimos cuenta de que era la policía y comencé a respirar de nuevo”.

La familia había sido acosada por una pandilla que les reclamaba el pago de 500 dólares por el “alquiler” de las dos clínicas de masaje terapéutico que la pareja regentaba en la capital salvadoreña. Cuando la banda criminal duplicó la suma de la extorsión y comenzó a exigirles hasta 1.000 dólares cada dos semanas, la familia cerró los negocios y se mudó de casa varias veces para tratar de huir de sus verdugos.

Pero, al ser fácilmente identificables por sus bastones grises, el grupo de delincuentes los encontraba una y otra vez. Al reconocer su vulnerabilidad, la policía ideó una novedosa –aunque macabra- manera de evacuar a la familia de la casa ante los ojos vigilantes de los criminales. Deberían simular su muerte.

Colocándolos en camillas cubiertas con sábanas blancas como si fueran mortajas, la policía sacó de la casa a todos los miembros de la familia, uno por uno, y atravesaron el destartalado vecindario acompañados por un médico forense para aumentar la credibilidad de la actuación.

“No estaba muerta, pero sentía como si lo estuviera”, explica Rosario. “Me resultó difícil controlar mi respiración hasta que entramos al vehículo policial porque estaba muy nerviosa”. Era evidente que la vida de la familia en El Salvador había acabado. Una vez fuera del vecindario, se unieron a las decenas de miles de hombres, mujeres y niños que huyen de las pandillas callejeras o “maras”, como se conocen en Centroamérica, y cuyos crímenes abarcan desde asesinatos, violaciones y extorsiones hasta el narcotráfico, los secuestros y la trata de personas.

La policía los llevó hasta un punto cerca de la frontera con Guatemala, dejando a Rosario y Víctor bajo el cuidado de Natalia. “Estábamos a salvo pero no teníamos nada más que nuestros pijamas”, recuerda Víctor. “Solo teníamos 20 dólares que habíamos pedido prestados cuando cruzamos hacia Guatemala, guiados todo el camino por nuestra hija”.

Una vez allí, pasaron dos días durmiendo en la calle, sin comida. Finalmente fueron ayudados por un conductor de camioneta que reconoció la situación desesperada en la que se encontraban y los llevó hasta Tapachula, en el sur de México, donde buscaron ayuda en un refugio para migrantes.

Con la ayuda de ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, los tres miembros de la familia fueron trasladados a un refugio en otra parte de México con mejores servicios para los discapacitados visuales, uno de los colectivos más vulnerables entre los muchos miles de personas que huyen para salvar sus vidas.

“Miles de hombres, mujeres y niños están huyendo de la violencia de las pandillas en El Salvador, que es ahora uno de los países más violentos del mundo”, declaró Mark Manly, Representante de ACNUR en México.

"Como Rosario y Víctor, muchos se han enfrentado riesgos extremos y tienen necesidad de protección urgente. Hay que hacer más para asegurarse de que tienen la información adecuada respecto a cómo solicitar el asilo, mejorar el acceso al procedimiento de asilo y lugares seguros y dignos en los que puedan permanecer mientras se procesan sus casos”, dijo.

Manly enfatizó que la situación desesperada de refugiados como Rosario y Víctor es un recordatorio de porqué ACNUR “necesita redoblar su trabajo con las autoridades y la sociedad civil para buscar soluciones”.

La pareja solicitó asilo en México, que fue concedido. Ahora viven en México y han encontrado una cierta paz. A Rosario le encanta cantar y su voz resuena entre las paredes del albergue con las canciones de Laura Pausini, una cantante pop italiana. A ella y a Víctor les gustaría comenzar su negocio de masaje terapéutico de nuevo, aunque todavía se preocupan por las pandillas, cuyo alcance es internacional.

“Ahora, en este albergue, nos sentimos seguros, aunque seguimos con miedo de que algún día nos encuentre la mara. Saben cómo encontrar a la gente”, cuenta Rosario, sus pensamientos nublados por la ansiedad sobre los familiares que dejó atrás. “El resto de nuestra familia se encuentra aún en El Salvador y están bajo amenaza por nuestra culpa”.

*Los nombres han sido cambiados por razones de protección.


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