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Noticias Historias con rostro Una familia siria empieza de cero en Canadá

Una familia siria empieza de cero en Canadá Imprimir

©ACNUR/UNHCR Giovanni Capriotti. Kevork y sus hermanas fotografían el horizonte de Montreal.
©ACNUR/UNHCR Giovanni Capriotti. Kevork y sus hermanas fotografían el horizonte de Montreal.
Con trabajo, patrocinio privado y el apoyo del gobierno canadiense, un refugiado de Alepo empieza su vida de nuevo en Montreal.

Siria/Canadá, 29 de marzo de 2016 (ACNUR/UNHCR) - Con tapones y guantes de protección, Kevork Eleyjian arrastra hasta una enorme máquina en una ruidosa planta de producción planchas de madera encolada, a las que posteriormente dará forma para transformarlas en asientos curvos.

Este joven de 28 años es uno de los 15 refugiados que están empezando una nueva vida trabajando en la fábrica Seatply Products Inc. de Montreal, Canadá. A Kevork se le da bien su nuevo trabajo. "En Alepo, mi padre y yo fabricábamos piezas para camiones", explica.

Kevork, sus hermanas gemelas y su cuñado llegaron a Montreal desde el Líbano el pasado mes de diciembre gracias al programa del gobierno canadiense que ha reasentado a más de 26.000 refugiados sirios en menos de seis meses.

En Alepo, la familia más cercana de Kevork, de ascendencia armenia, pertenecía a la comunidad cristiana de armenios antes de que estallara la guerra hace cinco años. "Teníamos trabajo, un hogar, negocios", recuerda. "Teníamos una vida normal".

©ACNUR/UNHCR Giovanni Capriotti. Kevork y sus hermanas hablan por Skype con su madre, que está en Beirut, Líbano.
©ACNUR/UNHCR Giovanni Capriotti. Kevork y sus hermanas hablan por Skype con su madre, que está en Beirut, Líbano.
Aquello cambió en julio de 2012, cuando un aluvión de cohetes y bombas asolaron la antigua ciudad del noroeste de Siria. El 29 de marzo de 2013, Kevork descubrió que su padre, Hovannes, había sido secuestrado por una milicia que combatía contra las fuerzas gubernamentales.

"Aquello fue horrible", cuenta. "Sentíamos ese dolor, como si ya estuviese muerto. Con esa sensación de saber que no volverás a verle nunca más". Con gran esfuerzo, la familia reunió algo de dinero para pagar el rescate y, después de 20 interminables días, Hovannes regresó sano y salvo.

Tras varios meses de enfrentamientos que redujeron gran parte de su ciudad a escombros, la familia Eleyjian tomó la agónica decisión de huir de Siria. "No nos quedaba otra opción», dice Kevork. «La ciudad estaba rodeada. No teníamos comida". Finalmente, el pasado mes de agosto, tomaron las pertenencias que podían transportar con ellos y viajaron durante 12 horas en autobús hasta llegar a Beirut.

La peligrosa travesía por mar para llegar a Europa se ha saldado con las vidas de, al menos, 4.200 refugiados e inmigrantes desde principios del año pasado. Kevork y su familia se plantearon emprender aquel peligroso viaje pero, por fortuna, el gobierno canadiense les ofreció un camino más seguro hacia una nueva vida.

Si bien la mayoría de sirios reubicados en Canadá lo hicieron con la ayuda del gobierno, Kevork llegó allí en el marco de un programa de patrocinio privado, con el apoyo de un familiar lejano que actualmente regenta un famoso restaurante en Montreal y gracias a la ayuda de una organización local sin ánimo de lucro.

"La ciudad estaba sitiada. No teníamos comida".

"Tenía que ayudarles, tenía que salvarles", cuenta Garo Shahinian, refugiado iraquí que ha patrocinado a cuatro familias sirias con la ayuda de una organización local llamada Hay Doun. "Si no les patrocinaba yo, ¿quién lo haría?"

Fundada en 2007, Hay Doun cuenta con el apoyo de la comunidad armenia. Ha patrocinado la llegada de 45 familias de refugiados iraquíes, entre ellas la de Shahinian, y la de 1.400 refugiados sirios. A través de la organización, los patrocinadores particulares ayudan a los refugiados en cada paso de su primer año en Canadá. Les ofrecen un lugar para vivir, muebles y otros enseres para el hogar, además de comida, ropa y transporte.

Los patrocinadores también ayudan a los recién llegados a tener acceso a atención médica, a matricular a los niños en la escuela y los ayudan a integrarse en su nueva comunidad. Para el presidente de Hay Doun, Nayiri Tavlian -también de origen armenio- se trata de dar a los recién llegados a Quebec la oportunidad de empezar de cero y desarrollar todo su potencial.

"Tenemos que ver a los refugiados no como una carga, sino como gente que, en el futuro, aportarán a nuestra sociedad", explica Tavlian, quien también huyó de Líbano hace unos 40 años. "Hacemos esto porque queremos marcar la diferencia en el mundo".

ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, organizó una reunión de alto nivel en Ginebra el 30 de marzo para pedir más oportunidades de admisión para los refugiados sirios en todo el mundo. Estas vías incluyen la reubicación, visados humanitarios y el patrocinio privado -similar al que se lleva a cabo en Canadá-.

Cuando Kevork y sus hermanas llegaron a Montreal, la mayor ciudad francófona de Quebec, una cálida bienvenida les esperaba pocos después de que su avión aterrizara. "La gente que estaba en el aeropuerto nos aplaudió cuando llegamos", recuerda.

Menos de cuatro meses más tarde, ya es capaz de mantenerse a sí mismo y a sus hermanas gemelas gracias a su trabajo en la fábrica, donde trabaja 8 horas cada día. La familia tiene un apartamento y sus hermanas Lara y Houry, ambas de 22 años, están estudiando francés para integrarse.

"Para mí era muy importante encontrar un trabajo", cuenta Kevork. "No quiero ser una carga para el gobierno o para cualquier otra persona".

En lo que a esto se refiere, Kevork se siente agradecido a alguien en particular: el dueño de la fábrica Seatply, Levon Afeyan. En los últimos años, Afeyan, a quien sus empleados a menudo saludan como "Monsieur Levon" mientras camina por la planta de producción, ha contratado a varios refugiados recién llegados a la ciudad. Actualmente su plantilla cuenta con 15 sirios. Para ellos, el mayor reto es aprender francés.

"Para mí era muy importante encontrar un trabajo"

©ACNUR/UNHCR Giovanni Capriotti. Kevork (derecha) y Aram Nigoghosian trabajan juntos en el departamento de prensado en la fábrica de Seatply.
©ACNUR/UNHCR Giovanni Capriotti. Kevork (derecha) y Aram Nigoghosian trabajan juntos en el departamento de prensado en la fábrica de Seatply.
"Al principio hay que esforzarse un poco para llegar a ellos", dice Afeyan, libanés canadiense de ascendencia armenia que huyó de la guerra civil de Líbano con su familia en 1975. No obstante, está convencido de que contratar a refugiados es positivo desde un punto de vista empresarial: "A largo plazo obtenemos mejores empleados", explica con firmeza. "Empleados leales. Gente trabajadora".
Mientras Kevork se adapta a su nuevo trabajo, el responsable de la planta, Vrej Baboian, le echa una mano. Él también llegó a Montreal como refugiado, en su caso huyendo de la violencia en Irak. De esto han pasado ya siete años, pero Baboian no olvida lo desconcertantes que pueden ser las primeras semanas. "Cualquiera que viene aquí en estas circunstancias tiene que empezar de cero", dice. "No es fácil".

El cariño y la generosidad que ha recibido Kevork desde que llegó a Montreal le han ayudado enormemente. Aunque no ha sido un camino fácil, se siente optimista y mantiene la esperanza de poder reunirse con sus padres en Canadá en los próximos meses gracias al programa de reasentamiento del gobierno canadiense.

Una muestra de su optimismo es que Kevork ya tiene preparada la habitación para sus padres en el apartamento que comparte con sus hermanas en un barrio tranquilo. En la habitación, la cama está preparada con sábanas de color blanco roto perfectamente dispuestas y, sobre ellas, dos cojines que reposan uno al lado del otro esperando su llegada.

"Lo tenemos todo listo", dice. "Todo el mundo desea una vida feliz y segura. Y es lo que yo también deseo para mi familia".

ESCRITO POR
Marc-André Cossette en Ottawa, Canadá

FOTOGRAFÍAS DE
Giovanni Capriotti en Montreal, Canadá

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