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Noticias Historias con rostro La bondad de los extraños

La bondad de los extraños Imprimir

©ACNUR/UNHCR/Jimmy Jeong. Mohammad lleva a su hijo pequeño de visita al zoo de mascotas.
©ACNUR/UNHCR/Jimmy Jeong. Mohammad lleva a su hijo pequeño de visita al zoo de mascotas.
Mohammad y Sahar encontraron una segunda oportunidad para su joven familia gracias a cinco parejas canadienses que han patrocinado su reasentamiento en la Columbia Británica.

Siria / Canadá, 6 de abril de 2016 (ACNUR/UNHCR) – Mohammad y Sahar permanecieron sentados a ambos lados del pasillo del avión durante las 13 horas que duró el vuelo, cuidando cada uno de dos de sus cuatro hijos. Estos refugiados procedentes de Siria, nunca antes se habían subido a un avión...y ahora este viaje daría un giro radical a sus vidas.

©ACNUR/UNHCR/Jimmy Jeong. Mohammad y Sahar posan con sus hijos en el balcón de la casa que sus patrocinadores canadienses alquilaron para ellos.
©ACNUR/UNHCR/Jimmy Jeong. Mohammad y Sahar posan con sus hijos en el balcón de la casa que sus patrocinadores canadienses alquilaron para ellos.
Dejaban tras ellos lo que quedaba de su casa en ruinas en Homs (Siria) y la extraña estructura híbrida, -no es exactamente una tienda de campaña, y definitivamente tampoco es una casa- en la que vivían en las tierras de un agricultor en Líbano, donde Mohammad había logrado sacar adelante a su familia a duras penas durante cuatro años.

Por delante: Canadá. Esto todo lo que sabían.

Aunque Sahar no sabía mucho acerca de Canadá, sí había oído algunas cosas. Lo más importante para ella: que era un país pacífico donde sus hijos estarían seguros. Después de años de incertidumbre, esto era lo que más le importaba.

Las preocupaciones de Mohammad eran más inmediatas. Él esperaba, dice, que “alguien que hablase árabe pudiese decirnos a dónde íbamos”.

©ACNUR/UNHCR/Jimmy Jeong. Mohammad, Sahar y sus hijos posan para una foto junto a sus patrocinadores y voluntarios durante un paseo por el parque.
©ACNUR/UNHCR/Jimmy Jeong. Mohammad, Sahar y sus hijos posan para una foto junto a sus patrocinadores y voluntarios durante un paseo por el parque.
Cuando finalmente las puertas de cristal se abrieron en el aeropuerto de Kelowna, en la Columbia Británica, cuatro intérpretes de árabe les dieron la bienvenida. Ellos eran los primeros de un pequeño ejército de patrocinadores y voluntarios que habían estado preparando su llegada durante semanas.

Mohammad y Sahar son refugiados acogidos bajo un programa de patrocinio privado. Esto significa que un grupo de ciudadanos particulares, que han contado con la aprobación del gobierno canadiense, se han ofrecido a correr con los gastos y obligaciones derivados del reasentamiento de la familia. También les ofrecen su amistad.

Se trata de un proceso complicado, pero Gioia Morris es un ejemplo de tesón. Conmovida por las “escenas de sufrimiento que veía en la televisión”, rápidamente superó la primera y más importante exigencia del gobierno: encontrar al menos a otros cuatro canadienses adultos que quisieran avalar económicamente a los refugiados. Este grupo, que contaba con una mezcla de profesionales y empresarios, de viejos y nuevos amigos, solo necesitó dos reuniones decir para decidirse a ir adelante, cuenta Duane Ophus, un concejal de la ciudad que está entre los patrocinadores. Y no estaban solos.

“Un movimiento”. Así es como el patrocinador Greg Andreen llama al tsunami de apoyo que han recibido. Personas amigas y otras relativamente desconocidas ofrecen voluntariamente su tiempo, y a veces su dinero, para ayudar a Mohammad, Sahar y sus hijos a adaptarse a su nuevo entorno. Son muchas historias para tan poco espacio, pero algunas merecen ser contadas.

 ©ACNUR/UNHCR/Jimmy Jeong. Mohammad, Sahar, dos de sus hijos y un niño canadiense se acercan a una cabra en el zoo.
©ACNUR/UNHCR/Jimmy Jeong. Mohammad, Sahar, dos de sus hijos y un niño canadiense se acercan a una cabra en el zoo.
El alojamiento es siempre un problema acuciante para los grupos de patrocinio. El tamaño de la vivienda, su proximidad a los patrocinadores, su asequibilidad económica y la seguridad son factores a tener en cuenta. Al acercarse la fecha de la llegada de la familia siria y sin haber podido encontrar un alojamiento adecuado, la patrocinadora Barb Andreen preguntó a un amigo si podría prestarles su casa. Gioia cuenta ahora “En aquel momento pensé… ¿en serio? ¿Quién haría algo así?”

“En aquellos días, me llamaban refugiado”.

Emil Dimitriov lo haría. Este entrenador de natación empaquetó sus efectos personales y se mudó a una habitación de invitados en su propio sótano, donde ha vivido durante los últimos dos meses. Él conoce lo que es empezar de nuevo. En 1990, cuando partió desde Bulgaria para participar en un campeonato de natación, Emil pidió asilo por motivos políticos a las autoridades canadienses durante una escala técnica en Gander, Newfoundland. “En aquellos días, me llamaban a mí refugiado”, dice.

“Encontré a Zanie en un sitio de internet”, explica el concejal Duane. Zanie Mollica se registró en una página de voluntariado y mencionó que hablaba árabe. Desde entonces, se ha convertido en una habitual en la casa de la familia siria, como intérprete y como abuela sustituta. “Cuando Mohammad llama a sus padres”, dice, “su madre me pide que cuide de ellos”.

©ACNUR/UNHCR/Jimmy Jeong. Emil Dimitriov, un antiguo refugiado, lleva su perro para que los hijos de Mohammad y Sahar jueguen.
©ACNUR/UNHCR/Jimmy Jeong. Emil Dimitriov, un antiguo refugiado, lleva su perro para que los hijos de Mohammad y Sahar jueguen.
Si un patrocinador encontró a Zanie, Aziz Al-Hossain encontró a los patrocinadores. Este joven saudí estudiante de empresariales y compañero de universidad de la hija de uno de los voluntarios, pronto se ofreció como traductor e intérprete.

El objetivo del programa de patrocinio privado es ayudar a Mohammad y Sahar hasta que llegue el momento en que no necesiten más ayuda. Para entonces, las conversaciones en inglés y los horarios de autobús no les plantearán los mismos desafíos que ahora, y serán capaces de hablar con los profesores de sus hijos sin la ayuda de intérpretes. No obstante, es difícil imaginar que pueda llegar un día en que dejen de confiar en la amistad que sus patrocinadores y voluntarios les han ofrecido. O que llegue un día en que los patrocinadores no les ofrezcan su apoyo.

Por Lynn Raineault, con fotografías de Jimmy Jeong.


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