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Noticias Historias con rostro Un yemení en el exilio mantiene la esperanza gracias a sus grandes aficiones: caminar y coleccionar

Un yemení en el exilio mantiene la esperanza gracias a sus grandes aficiones: caminar y coleccionar Imprimir

© ACNUR/UNHCR/ A.Abdelkhalek. El refugiado yemení Abdillahi Bashraheel posa a la entrada de su “museo de las curiosidades” en el campamento de Markazi, en Yibuti.
© ACNUR/UNHCR/ A.Abdelkhalek. El refugiado yemení Abdillahi Bashraheel posa a la entrada de su “museo de las curiosidades” en el campamento de Markazi, en Yibuti.
CAMPAMENTO DE REFUGIADOS DE MARKAZI, Yibuti, 23 de marzo de 2016 (ACNUR/UNHCR) – Antes de que la guerra le obligara a huir de su hogar, Abdillahi Bashraheel tenía dos aficiones: le gustaba caminar largas distancias y coleccionar monedas.

La primera es una costumbre que adoptó cuando era un joven inspector de carreteras en una zona rural del Yemen y tenía que caminar durante horas bajo un calor sofocante para inspeccionar las rutas. Le ayuda a meditar, dice Abdillahi. La segunda afición la tiene porque “admira... las cosas extrañas”.

El problema es que Abdillahi, que ahora tiene 63 años, está atrapado en un campamento de refugiados en un país extranjero, lejos de sus caminatas preferidas. Su colección de monedas -“de miles y miles de monedas”- la dejó en Adén cuando huyó.

A pesar de ello, aún camina incansablemente por el perímetro del campamento. “Veinte kilómetros al día”, dice. “Veinte mil metros”. Y por el camino va recogiendo y coleccionando cosas que encuentra, como curiosidades desechadas y otros objetos, para decorar su tienda de campaña y su pequeño y polvoriento jardín.

Aquí, en el campamento de Markazi, Abdillahi y su “museo de curiosidades” son famosos. Las ramas retorcidas comparten espacio con huesos blanqueados de animales muertos. También hay piedras, semillas, una vieja esponja, caparazones marinos, una pequeña muñeca, una cuchara de madera, insignias y alfileres, incluso un viejo casco militar.

Puede que sea poco convencional, pero Abdillahi es una fuente de inspiración para los otros refugiados que comparten el campamento con él, para que no se rindan, para que mantengan algunas de las pasiones y rutinas que tenían en su hogar, incluso siendo refugiados.

Esta inspiración es más que bienvenida ahora que se cumple un año desde que en Yemen estalló la guerra civil, en marzo del año pasado, cuando los años de inestabilidad política, penurias económicas y tensiones sectarias estallaron en un conflicto que continúa hoy en día.

Los enfrentamientos han obligado a 173.000 personas a buscar seguridad en otros países. Unas 19.000 de ellas han llegado a Yibuti, y alrededor de un 20% de estas viven en el campamento de refugiados de Markazi.

© ACNUR/ UNHCR/ A.Abdelkhalek. Ávido caminante y coleccionista, Abdillahi Bashraheel muestra orgulloso sus curiosidades en el campamento de refugiados de Markazi, en Yibuti.
© ACNUR/ UNHCR/ A.Abdelkhalek. Ávido caminante y coleccionista, Abdillahi Bashraheel muestra orgulloso sus curiosidades en el campamento de refugiados de Markazi, en Yibuti.
“He escapado de la muerte, de las bombas y del infierno”, dice Abdillahi. Aunque no está casado ni tiene hijos, este refugiado yemení ha dejado atrás una numerosa familia, con muchos hermanos y primos. “Mi vida ha dado un vuelco total, y a consecuencia de estas circunstancias, uno acaba perdiendo la cabeza”, dice.

Pero en medio de la ansiedad y la incertidumbre que rodea a sus circunstancias, él sabe lo que tiene que hacer para mantenerse fuerte. Se mueve: “El haraka baraka”, dice. Es un dicho árabe muy conocido que significa el movimiento es una bendición. “Caminar”, dice Abdillahi, “da paz y tranquilidad”.

Ahora, su pequeño país de las maravillas lleno de curiosidades es un lugar a donde se puede retirar, un lugar único donde refugiarse y olvidarse del mundo por un momento. Los niños vienen a ver su colección y él les cuenta historias y les anima a ser productivos y útiles. Deja trocitos de comida y agua limpia para los pájaros. Abdillahi dice que le gusta mucho oír sus gorjeos por la mañana.

Sin embargo, Abdillahi es consciente de las dificultades que le rodean. ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, le ayuda a él y a otros refugiados yemeníes en el campamento con sus necesidades básicas -alojamiento, atención sanitaria, cierto grado de escolarización- pero, para estos refugiados, la vida es un reto.

En una parte de su jardín al que Abdillah llama su “cementerio”, reposan huesos y calaveras. “Es una muestra de que la humanidad, al final, acabará reducida a polvo”, dice. Y añade: “Es para… recordar a la gente [esta idea], para que puedan volver a recuperar su cordura”.

Mientras espera que esa “cordura” vuelva - “a mi edad, lo único que quiero es vivir en paz” - dice, y se conforma con seguir moviéndose y coleccionando. “Las cosas bonitas hacen feliz a la gente, y me hacen feliz a mí”, dice sonriendo.


Por Amira Abdelkhalek, desde el campamento de refugiados de Markazi, en Yibuti.





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