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Noticias Historias con rostro El viaje de un refugiado: Ahmed se alegra de estar vivo y de empezar a formar una familia

El viaje de un refugiado: Ahmed se alegra de estar vivo y de empezar a formar una familia Imprimir

© ACNUR/G.Beals. Ahmed con su hija Majida, de dos meses.
© ACNUR/G.Beals. Ahmed con su hija Majida, de dos meses.
TRÍPOLI, LÍBANO, 5 de junio de 2013 (ACNUR/UNHCR) – Hay una parte de Ahmed que no echa de menos la prosperidad y los bienes que ha dejado atrás, incluyendo su biblioteca de libros de derecho y volúmenes de poesía que leía en las tardes de ocio. No se arrepiente de haber dejado una lucrativa actividad legal penal en la ciudad siria de Hama antes de escapar del infierno del conflicto sirio.

 

Este hombre de 34 años abandonó Siria una mañana del pasado 28 de agosto y huyó a Líbano. La gota que colmó el vaso fue cuando su madre, preocupada por su seguridad, rompió a llorar y suplicó que se fueran. Esto ocurría unos días después de que la casa de Ahmed fuera incendiada y destruida por misiles de artillería.

 

Pero, a pesar de la muerte, las detenciones y la violencia, Ahmed sigue con vida. Se encuentra sano y fuerte y tiene a su mujer y a su hija, que ya tiene casi dos meses.

No se arrepiente: en parte debido a lo que describe como buena suerte al escapar de zona de guerra. Pero quizá y sobre todo, no puede arrepentirse porque simplemente no hay tiempo para ello. El pasado es el lujo que aún conservan.

“Tengo que ser sincero” dice Ahmed acariciándose la extensa barba con sus gruesas manos. “Desde que empezó el conflicto [en mayo de 2011] ha sido muy difícil pensar en nada. Tengo la cabeza colapsada con pensamientos como ¿dónde vamos a comer? ¿Qué les ha pasado a nuestros amigos?”.

Como todos los refugiados, Ahmed ha pasado de una vida en calma y de relativa paz a otra llena de incertidumbre y profunda inestabilidad. Su nueva vida, como la de muchos de los 1,6 millones de sirios que han cruzado la frontera y dejado atrás sus vidas, se ajusta ahora a unos parámetros limitados y unas oportunidades mínimas.

Al igual que muchos otros profesionales – abogados, médicos, ingenieros y empresarios – ha cambiado su casa y su coche por una habitación con una cama. Todos ellos encuentran una razón para sentirse agradecidos. “Miro a mi alrededor y veo estas paredes desnudas y doy gracias a Dios por estar aquí y haber escapado de la muerte” nos cuenta.

Ahmed sobrevive gracias su ingenio, sus músculos y la amabilidad de la gente a la que apenas conoce. Cuando huyó unos trabajadores inmigrantes le dijeron que podía quedarse en el pueblo de Akkar, en el norte de Líbano. Después de pasar unos cuantos días allí le dijeron que podría trabajar en los campos de olivos del pueblo de Al Koura.

Fue allí donde encontró una habitación por 150 dólares al mes. Una vecina, una mujer libanesa, también le mostró su amabilidad durante un momento crítico. La cama en la que duerme se la dio esta extraña llamada Majida. La camiseta que lleva también se la dio ella. “Me dio más de lo que tenía” cuenta Ahmed. “Nunca he visto a alguien más generoso en toda mi vida”.

Esta generosidad le ayudó también a que un mes después de su llegada, Ahmed pudiera hacer que su mujer siguiera sus pasos y cruzara también la frontera. Él había encontrado trabajo como obrero en el campo de olivos. En cierta medida se ha asentado y ha llegado a convencerse de que podrán sobrevivir. Ha pasado de cobrar 75 dólares al día a 75 dólares a la semana.

La hija de Ahmed nació como refugiada en el hospital de Trípoli. Lo hizo a las 9 de la noche y pesó 2,5 kilos. Ahmed y su mujer, Ameera, decieron llamarla Majida, por la mujer que les ayudó. “Nuestra pequeña familia está creciendo,” comenta Ahmed. “Doy gracias a Dios”.

Por Gregoy Beals y Bathoul Ahmed en Trípoli, Líbano


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